Como queriéndole decir

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Nuestra madre nos quería con toda el alma; pero el gran amor de su vida fue, sin duda, la Eucaristía. Iba a Misa todos los días y en cuanto algo la apenaba o la inquietaba, exclamaba enseguida: ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento!, y se quedaba en paz. Y siempre que podía, habitualmente a primeras horas de la tarde, se acercaba a la iglesia para hacer una Visita al Santísimo, que solía concluir con aquella plegaria:

Oh admirable Sacramento
de la Gloria dulce prenda
seas por siempre alabado
en los Cielos y en la tierra.

Luego, se sentaba en la primera fila, cerca del Sagrario, sacaba un librito y buscaba una página donde ponía: Quince minutos en compañía de Jesús Sacramentado, y me decía:

—Tú me lo vas leyendo con calma, despacito, despacito, para que podamos rezar...

Nos inculcó también la devoción de los primeros viernes. Quería que aquel día nos pusiéramos nuestros mejores vestidos, para recibir al Señor, aunque después nos tuviéramos que cambiar de ropa para ir a la Escuela. "El Señor es siempre lo primero -nos recordaba- y se merece siempre lo mejor".

Nos preparaba con gran ilusión para recibir la primera Comunión y disfrutaba muchísimo en la fiesta del Catecismo, que era una celebración verdaderamente hermosa. El párroco invitaba para la ceremonia a un orador de campanillas; se rifaba un corderito y por la tarde, los niños sacaban en procesión al Niño Jesús y las niñas, a la Virgen Niña.

José María hizo la Primera Comunión el 4 de junio de 1911. Mi madre nos contaba siempre lo contento que estaba aquel día y como la miró, cuando desfilaba por la tarde en la procesión, con su chalina y sus pantalones bombachos, sosteniendo el estandarte del Catecismo. Fue una mirada llena de inteligencia y alegría, como queriéndole decir....

Era un chico recio, vivo, ardoroso, muy enérgico y, al mismo tiempo, muy equilibrado y sereno de cabeza; tenía mucho carácter, pero se esforzó siempre por dominarse a sí mismo. Esto se comprobó el día que le tocó el real en la rifa de los sábados. Habitualmente los niños salían de la escuela, locos de alegría, gritando: ¡Me tocó, me tocoooó! Él no; llegó a casa, dejó parsimoniosamente su cartera en el suelo y le mostró la moneda a mi madre.

—Mira, mamá —dijo, conteniendo la emoción—: me tocó el real.