Mambuxu

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

¿Quién era Mambuxu? ¿El alcalde? ¿El médico? ¿El maestro? ¿Un personaje local? Un personaje sí era, aunque un tanto singular. Era un vecino de Cuadroveña, de mediana estatura, con ojos vivaces y grandes bigotones. No estaba demasiado en sus cabales, pero los parregueses le cuidaban y querían, al tiempo que se divertían con sus excentricidades. Ya estaban acostumbrados a verle deambular por las calles del pueblo con su mandilón de xatero color marrón, entre un enjambre de niños...

De poetas y de locos, todos tenemos un poco, asegura el refrán; y Mambuxu, para ciertas cosas estaba loco, loquísimo, loco de atar; pero era un loco bueno y cariñoso; un loco simpático y solemne, piadoso y ordenado, que gozaba de una memoria prodigiosa y una labia florida y grandilocuente. Sus vecinos le decían que iba desaliñado, cosa que no comprendía. ¿Desaliñado? ¡Si se mudaba de ropa todos los días! ¡Si tenía siete camisas, siete chalecos, siete corbatas, siete chaquetas y siete pantalones: es decir, ropa para el lunes, para el martes, para el miércoles...! Además, cuando acababa la semana se cambiaba, poniéndose de nuevo la ropa del sábado anterior, sin lavarla, naturalmente. ¿Sucio? ¡Los sucios eran ellos! ¡Con lo que le gustaba el agua! El lunes tomaba un vaso de la fuente del pueblo; el martes dos, el miércoles tres; y así lo hacía todo, con orden y concierto, metódicamente, sin variar un ápice su inalterable ritmo de vida.

Por eso se irritó tanto Mambuxu cuando don Lino, el párroco, decidió que su querida iglesia de San Martín de Cuadroveña, que se erguía, altiva y hermosa con su espadaña en uno de los miradores más bellos de Asturias, iba a dejar de ser la parroquia de Arriondas, porque se iba a construir un nuevo templo en medio del propio pueblo. ¡Cambiar de sitio la parroquia en la que él asistía devotamente -sin perderse uno- a todos los entierros! ¡Cambiar de sitio la iglesia en la que iba, año tras año, a su novena del Carmen, de rodillas, desde el principio hasta el final! Aquello le escandalizó, y le dio pie para nuevas herejías y divagaciones pseudoteológicas:

-"Porque yo -proclamaba a voz en grito- en cuanto a la Virgen... ¡estoy con el Papa! Pero en cuanto al Papa... ¡estoy con Lutero!".

No; no le valieron a Mambuxu las razones de don Lino, ni las de don Marcelino, el párroco siguiente, que vino en 1906, cuando le explicaban que de ese modo los feligreses del pueblo ya no tenían que dar, como antes, una larga caminata para subir a la ermita. ¡No, no, y mil veces no! Aquello fue una ofensa para sus costumbres inalterables y sus pies no se dignaron pisar jamás lo que llamaba, desdeñosamente, el conventón.

—¡Nunca entraré en ese lugar! ¡Nuncaaa!

—¿Y cuando te mueras, Mambuxu? ¿Qué haremos?, le preguntaban, socarronas, las vecinas.

—Cuando me muera —reconocía cabizbajo-; yo sé que me llevaréis allí. Pero cuando esté dentro... ¡Cuando esté dentro me levantaré de mi ataúd y gritaré!: ¡Cobardes! De muerto me metisteis; que de vivo... ¡no pudisteis!.