Un recuerdo maravilloso

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"Desde entonces —continúa Víctor— hemos sentido la protección de José María sobre todos nosotros. Mi hermana Luz que, tras estudiar Magisterio, había ingresado en la Institución Teresiana del Padre Poveda, fue directora de varios colegios de primera enseñanza, como el Colegio Nacional de Santoña, donde desarrolló una gran labor apostólica y docente. Como fruto de esta labor le otorgaron en 1968 la medalla de Alfonso X el Sabio. En la actualidad está jubilada y vive en la actualidad -1995- en una Casa de la Institución teresiana en Oviedo.

Mi hermano Vicente quedó en Arriondas al acabar la guerra, y trabajó como auxiliar de mi padre en el Juzgado. Más tarde le sucedió como Secretario de Juzgado y se jubiló con este cargo en Guardo, un pueblo de la provincia de Palencia.

Leopoldo trabajó también durante años como funcionario administrativo en el Ayuntamiento de Arriondas. En la actualidad está jubilado y sigue residiendo allí.

Enriqueta, que tenía en copropiedad con mis hermanos Vicente y Carmina una librería en Arriondas, había heredado el talento poético de mi padre, y guardamos numerosas composiciones suyas. No se casó, al igual que el resto de mis hermanas, para dedicarse más intensamente al apostolado, y llevó durante toda su vida una profunda vida cristiana. Cuando falleció en 1978, una publicación local aludía a su santa muerte (...) después de muy dolorosa y resignada enfermedad, y daba algunos trazos de su vida: militó muy joven en el apostolado católico, de un modo callado y perseverante. Acción Católica, catequista, pertenecía a todas las Asociaciones Parroquiales: Marías de los Sagrarios, Apostolado de la Oración, Cofradía del Carmen y Delegada de Enfermos. Escribió numerosas poesías en donde se puede saborear su profundo amor a Dios, a la Inmaculada, apostolado, virtudes cristianas, a la Patria y a su familia.

Otra hermana mía, Carmina, falleció en 1990 y se puede decir de ella, lo mismo que de Enriqueta, la frase evangélica: pasó haciendo el bien. En un suplemento dedicado a Arriondas de la publicación diocesana Esta hora, un cronista local publicó, tras su muerte, una breve semblanza en la que se evocaba su gran afán apostólico: Gracias, Carmina, por tu testimonio cristiano. Llegué aquí y trabajabas animosa en la Catequesis y seguiste durante varios años más. Siempre estabas en cuanto se organizaba: Escuela de catequistas, Retiros, Conferencias... Tu meditación mañanera siempre. A los cinco minutos del toque de oración allá estabas tú.

Julio trabajó durante muchos años como funcionario del Instituto Nacional de Previsión y se jubiló cuando era Secretario Técnico provincial del mismo. En la actualidad reside en Oviedo.

Rafael, al acabar los cursos correspondientes en el Seminario de Valdediós, marchó a Roma para ampliar estudios en la Universidad Gregoriana y allí fue ordenado sacerdote en 1942, en la Basílica Mayor de San Juan de Letrán. Ese mismo año fue nombrado profesor en el Seminario diocesano y es en la actualidad Deán de la Catedral de Oviedo. Aparte de la carrera eclesiástica, cursó también la de Derecho, doctorándose en la Universidad de Oviedo.

María Cristina estudió también Magisterio, y fue directora del Colegio Nacional de Arriondas, donde se jubiló; al igual que el resto de mis hermanas, ha desarrollado una gran labor. En la actualidad vive en Oviedo.

Maximín, el pequeño, murió en 1979, habiendo recibido toda clase de cuidados por parte de sus hermanos.

Yo he desempeñado diversas actividades: durante una época fui militar, después, funcionario de la Diputación de Oviedo, y luego abogado en ejercicio, hasta que me jubilé hace unos años, siendo Jefe de Departamento de RENFE. Dios, que me ha concedido una familia maravillosa y tantos bienes en esta vida, ha permitido que padezca, desde hace unos años, uno de los mayores sufrimientos: la pérdida de la vista. Esa es su Voluntad. Bendito sea.

Sin embargo, con los ojos del alma, que ven con mayor profundidad que los del cuerpo, cuando quedan pocos años para que se cumpla el centenario de la boda de mis padres, veo —y no dejo de maravillarme— cuántas gracias espirituales y materiales ha derramado Dios sobre toda mi familia. Por eso, no puedo acabar estas líneas de otro modo que agradeciéndoselo.

Gracias, Señor, por haberme dado unos padres cristianos, que nos transmitieron la fe de un modo recio y gozoso, con su ejemplo y con su palabra. Gracias por mi madre, una mujer santa que no tuvo otro deseo en esta vida que llevarnos al Cielo. Gracias, Dios mío, por el don inestimable de una familia numerosa. Gracias, por habernos bendecido con las vocaciones al sacerdocio y al apostolado de varios hermanos. Y gracias, especialmente, por José María, que nos dejó un recuerdo maravilloso y una huella indeleble de santidad, y que ha intercedido durante estos años por nosotros; y estoy seguro que sigue haciéndolo, sin cesar, desde el Cielo".