José María Vegas

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Pocos días después del fallecimiento de Somoano, José María Vegas escribía al Fundador una carta comentándole una conversación que había sostenido con Somoano en el mes de octubre de 1931, antes de que los dos conociesen el Opus Dei.

Durante esa conversación Somoano le había dicho que si hubiera sacerdotes que se ofrecieran totalmente al Señor, víctimas de amor, la misericordia divina pronto se derramaría sobre España, y convinieron en entregar los dos su vida al Señor como reparación. Indudablemente -concluía Vegas- Jesús le oyó antes que a mí.

En otra carta, fechada el 27 de julio de 1932, le contaba Vegas a don Josemaría que, cuando se enteró de la noticia de la muerte de Somoano, salió de su casa, entró en la Catedral de Sigüenza, donde estaba con su familia durante aquellos días, "y solo ante el Sagrario derramé lágrimas y entonces tuve la osadía de preguntar a Jesús si había aceptado el ofrecimiento que le hiciera antes de ligarme, como tú me dices muy bien, con otra obligación y ofrecimiento, y Jesús que (te voy a ser franco) por el amor tan grande que me tiene, amor que siento mucho más desde que por su misericordia infinita estoy a vuestro lado en la gran Obra, aunque indigno, me dijo: ¡Cómo no voy a aceptar ese ofrecimiento! Pero me es más grato que (...) te inmoles con la oración, el sacrificio y el trabajo y sumisión, por mi Obra, que es de mi especial predilección. A Somoano le he llevado al Cielo precisamente por mi Obra, para que interceda por ella.

Créeme, desde entonces (te vas a reír de mí) estoy más contento que nunca y con más ganas de ser santo, y de trabajar por la Obra de Dios, así que yo por lo menos, ya experimento el poder de nuestro hermano Somoano (q.e.p.d.) para con Jesús".

Tres años después, el 28 de abril de 1935, Vegas dejó la capellanía de San Ginés, y tomó posesión de la Rectoral del Santuario del Cerro de los Angeles. Allí estuvo hasta comienzos de la Guerra Civil, cuando las religiosas carmelitas se vieron obligadas a abandonar el convento.

"La grandeza de su alma se puso especialmente de manifiesto -recuerda su hermano Angel Vegas- durante aquellos tiempos difíciles de la guerra. El 22 de julio de 1936 -como se lee en la biografía de la Madre Maravillas, que era la Superiora- se presentaron en el monasterio dos camiones de guardias de Asalto, que ordenaron hacer un registro en el convento, con la excusa de que se iba a producir un bombardeo del enemigo. A continuación les presentaron una orden de detención escrita. Las monjas creyeron que iban al martirio, y salieron a la explanada. Pidieron permiso a los guardias de Asalto para despedirse del Monumento al Corazón de Jesús y se dirigieron allí, entonando un Te Deum. Mi hermano las acompaño y les leyó la Consagración al Corazón de Jesús y les dijo unas palabras de aliento antes de que se las llevaran.

Luego se vino al domicilio familiar, y posteriormente se trasladó a casa de un hermano mío, Francisco, que nos parecía más segura. En aquellas circunstancias turbulentas de persecución, su situación era extremadamente peligrosa, ya que cualquier patrulla de milicianos podía venir una noche, y llevárselo para matarlo, como sucedió con tantos sacerdotes de Madrid.

A mí me había salvado de una muerte casi inevitable la gestión que hizo mi padre con un amigo suyo, Martínez Risco, que era catedrático de Optica, militante de Izquierda Republicana, y tenía amistad con el Director General de Seguridad. Entonces mi padre habló con Martínez Risco para salvar la vida de mi hermano José María. Este le dijo que, por paradójico que pareciese, lo mejor era que le detuvieran y quedase bajo las órdenes del Director General de Seguridad. Esta solución, que puede parecer sorprendente, lo salvaguardaría -así lo pensábamos- de la actuación de cualquier patrulla incontrolada en aquellos tiempos de anarquía.

Así se hizo y en el mes de julio lo llevaron a una cárcel que estaba situada en el colegio escolapio de San Antón. Allí llevó a cabo, durante el tiempo que estuvo encerrado, un apostolado intensísimo y ejemplar. Habían encerrado en aquel lugar a numerosos eclesiásticos, sacerdotes y religiosos. Algo debía tramarse bajo cuerda en las esferas responsables de estas detenciones -escribía Antonio Montero en su Historia de la Persecución Religiosa en España, al describir el clima en los primeros días de agosto de 1936-, a juzgar por la coincidencia de fechas y procedimientos, que hizo encontrarse en el colegio de los escolapios a casi doscientos eclesiásticos en menos de cuarenta y ocho horas.

Pudo parecer -señala este autor-, en un momento dado, que la prisión era, en efecto, según ciertos cálculos de primera hora, más un refugio contra la tormenta de fuera que una antesala del fusilamiento. Por desgracia, prevaleció con mucho el último concepto.

Así sucedió: a lo largo de todo el mes de noviembre fueron haciendo sacas de las cárceles de Madrid para fusilar a los presos.

A mi hermano José María no le habían reconocido al principio como sacerdote, pero él, dando un paso adelante, dijo:

-Yo también soy sacerdote.

Entonces lo metieron con los demás, y el 27 de noviembre, según Antonio Montero, lo llevaron a Paracuellos, donde les obligaron a caminar en grupos hasta las zanjas. Allí cayó, bajo la descarga cerrada de un piquete, compuesto por unos 30 ó 40 milicianos. Luego, más de doscientos sepultureros, reclutados a la fuerza de entre las gentes de los pueblos cercanos, iban sepultándolos".