Lino Vea-Murguía

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El 15 de agosto de 1936, por la tarde, se escuchó de repente un violento estrépito de golpes y gritos impacientes en la puerta del nº 3 de la calle Francisco de Rojas. Eran los milicianos de nuevo. Habían venido tres días antes "a hacer un registro" en la casa de don Lino Vea-Murguía. El no se había querido marchar: per Crucem ad Lucem, contestaba a los que le decían que se escondiese.

Entraron. Le dijeron que se fuera con ellos "para declarar".

-¡Quítate la sotana! -le increpó uno, entre insultos.

Don Lino obedeció, para evitar sufrimientos a su madre, doña Trinidad, que contemplaba la escena horrorizada.

-No tengas pena -le dijo-. Ha llegado mi última hora; es la Voluntad de Dios y hay que acatarla.

Se lo llevaron a empellones de la casa. En la puerta de la calle, uno de los milicianos le dijo a su madre:

-¡A este mozo lo despacharemos enseguida!

Sus amigos empezaron a buscarlo por todas partes. Nadie sabía nada. Desde que el Gobierno había repartido armas al populacho, se había desatado la anarquía y cada cual hacía la justicia por su cuenta. Les dijeron que quizá pudiera estar en la Dirección General de Seguridad. Pero allí todo eran evasivas y suposiciones.

Al final encontraron su cadáver en el Depósito Judicial. Tenía la cara acardenalada y una pequeña herida en la frente. Lo habían fusilado junto a la tapia del Cementerio del Este.

* * *

Muy conmovido por la muerte de Somoano, de la que tuvo noticia durante un viaje fuera de Madrid, don Lino había escrito al Fundador cuatro años antes, el 24 de julio de 1932, una carta en la que le manifestaba, junto con su dolor, una inquietud que acechaba su alma: "pido oraciones -escribía- para que aproveche estos días que se acercan: noto que el Señor quiere algo especial de mí y tiemblo al pensar no acierte a comprenderle y así pase de largo".