Irse y quedarse

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Siguiendo los pasos del Fundador, María seguía desarrollando un intenso apostolado, a pesar de que las circunstancias se volvían cada vez más difíciles. "En el Hospital -cuenta Matilde García- estaba en una habitación con nueve o diez camas y las enfermas eran bastante heterogéneas. Había una que hablaba de tal forma que incluso tuvieron que dejar de llevarle la Comunión. María Ignacia hacía todo lo que podía por ir influyendo en ellas, poco a poco, y logró que se convirtiese".

Cuando el estado de María se agravó, su hermana Braulia se trasladó a Madrid para atenderla. Paradójicamente, esos últimos meses, en los que se redoblaban los dolores, fueron, sin duda alguna, los más felices de su vida. De qué paz disfruto -escribía el 31 de agosto- cuando todo y del todo lo pongo en tus manos. Experimentaba el amor de Dios de forma arrebatadora; la palabra amor recorre todas las páginas del cuaderno, hasta convertirse en la protagonista absoluta; al final de sus días sólo deseaba decirle a Dios cuánto te amo, que deseo amarte más y más, que mi única ilusión es llegar a amarte con locura".

Durante los meses de noviembre y diciembre no escribió nada en su cuaderno. Padeció "fiebres altas, los grandes dolores en el vientre, el traslado de nuevo a un cuarto... en fin todo, todo sufrido por tu amor, (este ha sido mi deseo) había ido trazando líneas de la tierra al Cielo, pudiendo asegurar sin temor a equivocarme, que estos escritos son los que más te agradan.

Por tanto, repetiré llena de confianza: Sí, en noviembre y diciembre también le he dedicado escritos a mi Jesús, pero... no están en mi cuaderno; están en el suyo... ¡Qué alegría!".

El ambiente del hospital, donde se rumoreaba en voz baja el posible envenenamiento del Capellán, estaba cada vez más enrarecido; la lucha política parecía encresparse y el ambiente social presagiaba lo peor. En medio de estas circunstancias adversas escribió María: ¡Qué feliz me siento en medio de tanta obscuridad y tribulación!

Su cuaderno termina el 9 de enero de 1933. Cuenta cómo el día anterior una mujer del Opus Dei le había traído "unos escritos que hace tiempo esperaba con santa impaciencia, por tratarse de Tí.

En varios de sus puntos, habla de la niñez espiritual. Al terminar de leerlos, con gran convicción de lo que decía y esperanza ilimitada en Tu poder y misericordia, he exclamado: (...)

¡¡Jesús del alma mía, apiádate de mí!!".

Estas fueron las últimas palabras que escribió en su cuaderno.

* * *

Cuando comenzó a empeorar, el Fundador "iba todos los días a verla -recuerda Braulia-; si no podía ir, la llamaba por teléfono y preguntaba cómo seguía".

Los médicos preveían un pronto desenlace y la trasladaron de la sala común a una habitación de dos camas para no apenar al resto de las enfermas. "Yo la acompañaba día y noche -evoca Braulia-. Tenía dolores terribles; estaba llagada de pies a cabeza; la última vertebra la tenía deformada y sobresalía tremendamente. Se había quedado consumida, incluso mucho más pequeña de estatura. Clarita, la enfermera, podía levantarla sin ayuda de nadie".

Ahora, desfallecida y sin fuerzas, María Ignacia sabía que era más eficaz en el Opus Dei que nunca. El Fundador seguía apoyándose en aquellos dolores como en un cimiento poderoso. En una ocasión fue a visitarla acompañado por Juan Jiménez Vargas, uno de los primeros miembros del Opus Dei: "En cuando la vió -cuenta Jiménez Vargas-, el Padre le dijo que ofreciera todos sus sufrimientos por las labores apostólicas que tenía que encomendar cuando estuviera al otro lado: la catequesis, la gente que trataba...".

Era la última paradoja de la vida de María Ignacia: deseaba vivir y morir; y crecía impetuosamente en su alma el deseo del Cielo. Quería quedarse... y quería irse. Aquí quedaba mucho por hacer, pero... ¡desde allí podía hacer tanto! A ella se refiere, con toda probabilidad, aquel punto que el Fundador escribió en Forja:

"¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.

-Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora... Y de cómo desde allí trabajaría más que aquí... Quería morir cuando Dios quisiera..., pero -exclamaba, llena de gozo- ¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre".

Escribió en vísperas de una operación que le hicieron durante aquel periodo: Están estudiando mi caso y ya de un día a otro decidirán lo que me han de hacer. Ya sé lo que es una operación de vientre y por lo tanto voy a dar gracias al Señor que tan espléndido es en enviarme beneficios a mí que tan mal sé aprovecharme. Bendito sea mil y mil veces y El haga se cumpla en mí su adorable y divina voluntad.

Cuando me operaron del vientre -prosigue en otra carta-, fui a la sala de operaciones convencida de que no me curarían y así ha sido. Dice el Doctor que me encuentra una corteza muy dura que me envuelve todo el vientre y además cree tengo adherencias. En fin que a estas horas están sin saber a punto fijo qué van a combatir...Mi confianza no está puesta en los hombres. Sé que sufro por Jesús y para Jesús. ¿Habrá palabras en la tierra comparadas con éstas? ¡Dichosa el alma a quien Nuestro Señor concede tal beneficio y sabe aprovecharle. Ayúdeme V. con sus oraciones a alcanzar la más íntima unión con Jesús. Amarle con locura, es mi única ambición en esta vida. Si El dispone que yo no lo sepa mientras viva en la tierra, ¡no importa! con que lo sepa El me basta....