El entierro

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"El día 18 por la mañana —prosigue Leopoldo— lo llevamos a enterrar al cementerio de Chamartín, en medio de una gran multitud. Estaba allí el Fundador del Opus Dei y varios sacerdotes amigos de mi hermano, muchos conocidos y gentes del Hospital, todos muy afectados y sorprendidos por la rapidez con la que había sucedido todo".

Don Josemaría Escrivá acudió al entierro, junto con Luis Gordon y algunos más. Aceptaba la Voluntad de Dios y confiaba en que Somoano, ya desde esa misma noche, gozaría de Dios, al haber fallecido en aquel sábado fiesta de Nuestra Señora del Carmen, a la que tenía tanta devoción.

Se haría eco, en sus escritos, del gran amor de Somoano hacia la Eucaristía, y comentaría cómo solamente el pensamiento de que había sacerdotes que subían al altar menos dispuestos le hacía derramar a Somoano lágrimas de Amor y de Reparación: "¡Cómo lloró -evocaría en el n. 532 de Camino-, al pie del altar, aquel joven Sacerdote santo que mereció martirio, porque se acordaba de un alma que se acercó en pecado mortal a recibir a Cristo!

-¿Así le desagravias tú?".

Pocos días después, don Josemaría estuvo hablando con un religioso, que al referirse a Somoano exclamó:

-¡Qué santo era!

-¿Lo trató Vd. mucho? -le preguntó el Fundador.

-No; pero le vi una vez celebrar la Santa Misa.

Esta muerte supuso un fuerte mazazo para don Josemaría, que en medio de su dolor, hizo un acto de abandono en Dios, acudiendo, desde el primer momento, a su intercesión. Había puesto muchas esperanzas en él: en su celo sacerdotal, en su afán apostólico, en su entrega sin límites, en su carácter alegre, recto y enérgico...

Pero Dios lo había querido para Sí: bendito sea.

* * *

"Poco después —recuerda Rafael— mi padre volvió a casa, acompañado por un primo nuestro sacerdote, Luis Sánchez Somoano. No sabemos lo que hemos perdido, no lo sabemos, repetía sin cesar. Y el día 24 se celebraron los funerales en la misma iglesia en la que había celebrado su primera misa cinco años antes. Mi madre estaba muy afectada, aunque conservaba su entereza habitual; pero cuando se abrió la cancela de la iglesia y vio el catafalco negro, en medio de la nave, se impresionó enormemente. A los que intentaban consolarla, les decía:

Acepto la Voluntad de Dios, la acepto. Pero tengo una pena inmensa que no puedo remediar".