Dios lo quiso

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"En Arriondas —recuerda Rafael— seguíamos todos con el alma en vilo. A las dos de la tarde del 16 de julio, nos trajeron a casa el telegrama de Vicente: Pepe mal, venga papá. Vicente. Mi padre decidió marcharse enseguida en un taxi hasta Oviedo, completamente desolado, y desde allí, por la noche, tomó el exprés para Madrid.

Nos pasamos aquella larguísima tarde rezando por mi hermano, sin saber lo que podría haberle sucedido, pendientes de la Central de Teléfonos. Pedimos una conferencia con Madrid. Al final, cuando nos la dieron, no conseguimos que nos pusieran con nadie; sólo una voz seca, nos dijo, crudamente, secamente, que el capellán estaba grave.

Al día siguiente acudimos a primera hora de la mañana a la habitación de mi madre para preguntarle qué tal había pasado la noche. Nos contó que a eso de las once de la noche anterior había experimentado una extraña sacudida, como un estremecimiento...

Fuimos a misa. Al volver, la telefonista nos trajo un telegrama: Pepe falleció a las once. Vicente.

A esas mismas horas de la mañana estaba llegando mi padre a la Estación del Norte. Le recibió Vicente, sollozando:

Dios lo quiso.

No le dijo más: no hacían falta palabras ni explicaciones. En silencio, entre lágrimas, se dirigieron al Hospital. Y me contó Vicente que cuando mi padre vio a mi hermano, lo cubrió de besos.

Todavía no había licencia judicial para el enterramiento, porque los médicos no querían certificar la causa de la muerte sin una autopsia previa. Pero mi padre, que se había visto obligado, por exigencias de su profesión, a presenciar tantas autopsias, se negó a que el cadáver de su hijo tuviera que sufrir, además, aquel duro trámite".

En vista de su negativa, los médicos acabaron cediendo y decidieron poner enteritis como causa de su muerte.

"Poco después —recuerda Leopoldo—, el Fundador del Opus Dei, junto con otros sacerdotes, asistió al funeral en la capilla y cada uno de ellos rezó un responso. Al día siguiente, estuvo con nosotros, consolándonos. Aunque comprendía la actitud de mi padre, nos dijo que él hubiera sido partidario de mandar hacer la autopsia para demostrar el presunto envenenamiento.

Entonces le contamos que Sor Engracia nos había dicho que había visto y oído a nuestro hermano ofrecer su vida a Dios, durante una visita al Santísimo. Al oír esto, exclamó:

¡Qué pena de no haberlo sabido antes! Le hubiera disuadido, porque todos le necesitábamos muchísimo.