En la fiesta de la Virgen del Carmen

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"Parece que le estoy viendo —recuerda Sor María Casado—. Durante la noche del día 15 estuvimos junto a su cama sin separarnos ni un momento de su lado, sor María Galparsoro y yo. Padecía unas pesadillas y unos espasmos terribles. Cuando se reponía un poco, comenzaba a rezar y a invocar al Señor en voz alta. Le daban unas convulsiones y unos espasmos tan fuertes que teníamos que sujetarlo. Cuando se calmaba, nos miraba a las dos y nos decía:

Qué trabajo, qué trabajo le estoy dando a las dos Marías...

Y volvía a tener vómitos y estremecimientos. Aquello era muy extraño. Yo no había visto nunca nada parecido y estaba convencida de que lo habían envenenado. En cuanto se le pasaba la desazón, volvía de nuevo a rezar, y a invocar al Señor...

Así pasó aquella noche... Y así, rezando, entre dolores y sufrimientos, invocando al Señor y a la Virgen, a las once de la noche del día siguiente, sábado 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, se nos fue al Cielo"...

* * *

"Una hora más tarde —recuerda Leopoldo— a las doce de aquella misma noche del sábado, mi hermano Vicente me llamó desde el Hospital y me dijo que fuera lo antes posible. Me temí lo peor. Tomé el metro, que me llevó a Tetuán de las Victorias, y desde allí fui en taxi hasta el Hospital... En la puerta me esperaba Vicente, para decirme que José María había fallecido.

Llegamos hasta la habitación. Estaba llena de personas que rezaban en torno a su cadáver: monjas de la Comunidad, algunas mujeres, enfermos, y sanitarios".

El día siguiente, domingo, el Fundador llamó por teléfono al hospital a primerísima hora. Le contestaron que hasta las ocho de la mañana no era hora de llamar. No insistió y prefirió quedarse en la duda. Celebró la Misa por Somoano: por su alma, si había fallecido; por su salud, si vivía. Avisó a las dos Comunidades de Santa Isabel, para que se unieran a su intención. Al llegar al memento de difuntos, tuvo el presentimiento, la corazonada, de que Somoano había muerto. Al acabar la Misa, recibió la confirmación. Rezó un responso, muy impresionado, y lloró.

También María, a la que habían pedido la tarde anterior —como relata en sus recuerdos— "que pidiera mucho por la salud de D. José María, pues que Nuestro Señor parecía querer conservarle la vida, si con fe se lo pedíamos", había tenido un presentimiento parecido al del Fundador. "-Yo no escatimé oraciones, privaciones, vencimientos —cuenta—, y cuanto mis fuerzas alcanzaron para ello, pues mis deseos de obedecer eran muy grandes, unido a que reconocía el bien espiritual que este Hospital recibía con tan buen Capellán.

Me dormí tarde, sin dejar continuamente de pedir más y más por su salud si así convenía; pero, a las tres o cuatro horas de quedarme dormida, serían las 3 de la madrugada, desperté y lo primero que se me vino al pensamiento fue él, pero al intentar de nuevo pedir por su salud, una voz interior me decía con toda insistencia: reza ante todo las oraciones de difuntos, que es lo que más falta le puede hacer en estos momentos.

Aunque no quería acabarme de convencer de que había muerto, las recé enseguida. Y a las 7 de la mañana cuando la enfermera vino a tomarnos la temperatura, me confirmó que había muerto a media noche".