Dos semanas de silencio

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

A mitad de junio su Diario se interrumpe. Durante dos semanas no anotó nada. Pero María ha dejado constancia en sus notas del enrarecimiento progresivo del clima del Hospital durante aquellos días. "¡Es tan triste -se lamentaba, dirigiéndose, como siempre, al Señor- ver el pago que recibes a cambio de la muerte que escogiste solamente por nuestro amor!

No se comprende que esto ocurra, sino es porque no se te conoce; no, Jesús de mi vida conociéndote, es imposible dejarte de amar. Y no, con un amor tibio, mezquino, pobre, no se te ama hasta la locura".

Como se temía Somoano, el cuidado espiritual de sus enfermos, desde que abandonó el hospital, era cada vez más difícil. Sin embargo, seguía poniendo todos los medios para atenderlos contra viento y marea. "Pondré un ejemplo entre tantos como pudiera decir -contaba María- (...) para demostrar cómo lo hacía con nosotros en todo y a todo momento". Y narraba la historia de una enferma a la que iban a someter a "una operación bastante grande en el pulmón izquierdo y por tanto, deseaba recibir en su pecho aquel día a Nuestro Señor, para que le diera las fuerzas necesarias. Dicha enfermita, como no era día de comunión, pidió permiso al médico para ir a la Capilla, y el médico se lo negó".

Al enterarse Somoano de sus buenos deseos, "le dijo a la enferma -relataba María- que estos serían cumplidos, pues Jesús aquel día vendría a visitarla y unirse a ella, por medio de la Sagrada Comunión. (...) Le prometió a la enferma estar durante la operación, pidiendo por ella y, sin esperar a que se terminara, vino en persona a preguntar a los médicos cómo iba, pero como todavía estaba en la mesa de operaciones, no pudo verla.

Por la tarde, cuando fue hora de poder entrar, vino a visitarla. A la mañana siguiente, seguido de celebrar la Sta. Misa, vino a ver cómo seguía y a alentarla, como siempre, a unir sus sufrimientos a los de Jesús, y a la vez, confortarla con la lectura de la Hora Santa. -De vez en cuando interrumpía esta lectura, para preguntarle a la enferma si le fatigaba el oírle; y al contestarle que no, seguía cada vez con más entusiasmo y lleno de caridad su labor.

Todos los días siguió repitiendo sus visitas mañana y tarde. En uno de estos, dio comienzo a un triduo de pláticas que las enfermas le pedimos para que nos hablara del amor y las grandezas del Deífico Corazón ya que estábamos en su mes. Solamente había dicho la primera cuando dio orden el Director del Pabellón para que no las siguiera, y por añadidura, que no entrara a ver a las enfermas como no estuvieran graves, y fuera llamado por éstas. Este día como de costumbre, entró a visitar a la enferma de que antes hablo, y la Hermana del piso, toda asustada con las órdenes que acababa de recibir, le mandó salir inmediatamente, obedeciendo al punto. La enfermera se dio cuenta de lo que sufrió (...) pero, sin replicar una palabra, salió del Pabellón.

Cumplió esta orden con tal exactitud, que a no ser llamado por una enferma grave, no volvió a venir nada más que los días de confesión, y cuanto cumplía su (...) deber marchaba enseguida.

Y si alguna enferma de las salas se enteraba que estaba allí y le mandaba entrar para darle algún recado, le contestaba siguiendo su camino: Dígaselo al director".

El 3 de julio hizo una nueva anotación en su diario. La causa de su silencio anterior es una muestra elocuente de la penosa situación en la que se encontraba: había perdido el lápiz.

* * *

Siguieron días de sufrimiento y de intensa oración. Había pedido meterse en las llagas del Señor y ahora Dios le hacía participar de su dolor: insultado, amenazado de muerte, expulsado del hospital, en una situación inestable y difícil... Puso, de nuevo, toda su confianza en Dios y el día 5 fue con el Fundador a rezar ante una imagen del Sagrado Corazón: "Me emociona -escribió-. Escrivá, Vegas y yo rezamos a las llagas de Cristo".

Su diario se cierra con estas palabras: "Laureano me pide oraciones. Yo estoy necesitado de ellas - Dios sea bendito!".