Un símbolo

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El 30 de mayo de 1932, se acabó de construir -!por fin!-, al cabo de casi cuarenta años, la torre de la iglesia de Arriondas. Don Rafael, el párroco, no cabía en sí de gozo. Los más ancianos pensaban en el bueno de don Lino, el antiguo párroco, que comenzó a construir la nueva iglesia a finales del siglo pasado ¡Si él pudiera verla!

Aquella iglesia era, en cierto modo, un símbolo de la vida de Somoano. Había contemplado, durante su infancia y los veranos de su adolescencia -años de trabajo, de renuncia y de entrega-, cómo se iba alzando aquel templo, poco a poco, superando mil dificultades. Más tarde, tuvo el gozo de celebrar en ella, aquel inolvidable 21 de junio de 1927, su Primera Misa. Pero todavía quedaba por construir la torre. Ahora, por fin, se había puesto la última piedra y el campanario se recortaba airoso sobre el cielo de Asturias, dominando todo el concejo. También él -lo presentía, lo sabía quizás-, había puesto la última piedra de su vida, había dado el último paso...

* * *

Pocos días después, el 3 de junio, primer viernes de mes, fiesta del Sagrado Corazón, miles y miles de balcones de Madrid se engalanaron con tapices y colgaduras blancas, como manifestación pública de desagravio por los desmanes cometidos durante aquel año contra la Eucaristía. Nunca vi a Madrid así, reconoció, gozoso Somoano en su diario. Y precisamente aquel día se consumó por fin su expulsión: "Hoy día del S. Corazón de Jesús dejo de vivir en la Enfermería aunque sigo siendo su Capellán y lo seguiré siendo". Estaba sereno y evocaba en su interior las palabras del Evangelio: bienaventurados los que padecen persecución por parte de la justicia.

"Parece que me desenvolveré bien -escribió, confiado, al día siguiente- y el Hospital y Enf(ermería) quedarán atendidos aunque con alguna molestia con más o menos dificultad la soportaré, ya que estoy poco acostumbrado al sacrificio".

A medida que pasaban los días, la fobia antirreligiosa parecía extenderse más y más por todo el país. Pero Somoano no se dejó ganar por el pesimismo general: pensaba que para muchos cristianos aquello podía ser un revulsivo. Por ejemplo, para sus hermanos Vicente y Leopoldo: "La persecución religiosa -anotó- les ha venido a ellos admirablemente. Cada día son más fervorosos y con más espíritu religioso".

El día 6 le presentaron a Luis Gordon. Aquel miembro del Opus Dei, ingeniero, de treinta y tres años, alto, de porte elegante, director de una maltería en Ciempozuelos, bien preparado profesionalmente y que traslucía en su mirada una gran vida interior, le produjo una impresión magnífica: "Completamente identificados. Muy fervoroso, con mucho espíritu de sacrificio. ¡Si hubiera miembros como Gordon! Gran adquisición".

Seguía -era una vieja costumbre de sus tiempos del Seminario- con los oídos siempre atentos a las noticias de la radio. Le gustaba estar al tanto de todo lo que sucedía... y lo que sucedía, desde una perspectiva puramente humana era desalentador. El día 7 se produjeron conatos de huelgas en Vigo, Lugo y Orense; hubo huelga general de campesinos en Talavera y las cárceles estaban a rebosar. El orden público se había convertido en una obsesión nacional.

Al día siguiente estuvo hablando del Opus Dei con aquel chico joven, Antonio Royo Marín. Somoano ponía en práctica así una de las enseñanzas constantes del Fundador, que recordaba que el sacerdote debía llegar a la esfera de lo personal en su trato apostólico; no podía contentarse con simples predicaciones genéricas dirigidas a unas masas anónimas, sino esforzarse por poner cada alma frente a Cristo, mediante un apostolado de amistad y confidencia. Somoano enseñó a Antonio algunos apuntes de las charlas del Fundador que tenía recogidas en su libreta y le estuvo contando algunos detalles de la fundación del Opus Dei.

Antonio Royo Marín tenía dieciocho años y muchas inquietudes espirituales. Se había planteado la vocación sacerdotal y se confesaba habitualmente con Somoano. Pero no sabía el camino concreto que Dios le pedía. "¿Será un sacerdote de la Obra? -se preguntó Somoano en su Diario-. Creo que es materia dispuesta para grandes cosas y que el Señor quiere favorecerle -¡Señor Jesús que tanto amáis a los humildes de Corazón y a los pobres, queréis por esta alma, este pobre manifestar vuestra gloria? Perdóname Señor! Dame tu amor".