Una cosa trascendentalísima

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"En otra carta -prosigue Enriqueta- decía, creo que textualmente:

Me he enterado de manera extraordinaria de una cosa trascendentalísima de mi vida, no me preguntéis nada, he prometido guardar secreto confesional. Encomendadlo todos y cada uno al Señor".

¿Qué sería aquella cosa trascendentalísima de la que había tenido conocimiento de modo tan singular y que, como recuerda su hermana Cristina me atañe a mí y a todos vosotros?.

El conocimiento de aquella cosa trascendentalísima produjo un gran cambio en su alma. Desapareció el desasosiego de días anteriores. El 15 de mayo, Fiesta de Pentecostés, dio ánimo a todos y les anunció su marcha del Hospital. Parece que con esto se calman. Yo estoy la mar de tranquilo. Dios le había concedido, por fin, el abandono total que le llevaba pidiendo tiempo atrás: ¿Qué haré? -¡En manos del Señor me pongo para que El haga de mí lo que quiera!. El Señor es el auxilio de mi vida. ¡Qué me hará temblar? -escribe el 16 de mayo.

Fue a ver de nuevo al Vicario, que le ofreció, por cuarta vez, la posibilidad de los Pinos. Ya no le quedaba otra salida. Su hermano Vicente le animó. Aceptó, por fin, aunque no sabía cómo iba a arreglárselas para celebrar misa los domingos y llevar la Comunión al Hospital. Algo difícil va a ser.

Sin embargo, al día siguiente, 18 de mayo, "precisamente después de estar todo determinado para ir a los Pinos, vuelve a parecer posible quedar aquí o cerca de aquí pero para atender esto ¡Qué lío! Hay unas cuantas almas santas que no se resignan a quedar sin la S. Comunión e instan a Jesús".

Una de esas almas era María, que escribió cómo durante ese periodo "su celo porque los enfermos no murieran sin recibir todos los sacramentos y amaran mucho a Jesús, no tenía límites.

Sabiendo que la fuente inagotable del amor de Dios Nuestro Señor es la Divina Eucaristía, nos la traía a sus enfermos siempre que podía; dos veces a la semana nunca nos faltaba y en las grandes festividades de Nuestra Santa Madre la Iglesia, procuraba siempre traérnosla. Un día que estábamos en duda si se marcharía ya del Hospital, le pregunté: Padre: ¿tendremos mañana Comunión? A lo que me contestó sonriendo, a la vez que con firmeza: ¡Sí! ¡Sí! -Antes ha de faltar agua al mar (...) que aquí la Sagrada Comunión".

Su expulsión, que parecía cada vez más inminente, era un símbolo de lo que estaba sucediendo en el país. "El ambiente -escribió Somoano el jueves 19- presagia una pronta revolución religioso-social".

Fue dedicando cada vez más atención a los chicos de los Pinos, pues se acercaban las fechas de las primeras Comuniones, que tuvieron lugar el domingo 22. Le gustaba el trato con aquellos pobres muchachos: sabía ganarse su confianza y su amistad, y contaba con la experiencia del Asilo. Por lo demás, se encontraba -¡gracias a Dios!- interiormente sereno, sosegado, feliz: "La primera vez que me alegro -anotó- por contumeliam pro nomine Jesu pati", por haber padecido por el nombre del Señor.

"En los seis últimos meses de su vida fue mucho lo que sufrió -consignó María en sus notas-, con la entereza de un mártir. Persecución, insultos, desprecios, molestias y continuos trabajos, debido a las órdenes dadas por el nuevo Régimen, siempre con la sonrisa en los labios. -De todos estos contratiempos, jamás le gustaba hablar y si a ruegos nuestros lo hacía, nos dejaba tan edificadas, que con gusto hubiéramos sufrido en aquellos momentos cualquier persecución con tal de disfrutar de aquella paz tan envidiable que en él se retrataba.

Un día me atreví a decirle:

-Vd. no me quiere contar nada, pero yo he sabido que en La Ventilla, cuando cruzaba las calles, se han metido con Vd., insultándole cuanto han querido.

Y me contestó:

-¡Bah! no hay que darle importancia a eso. Sólo fue motivo para hacerme entonar al punto un Te Deum...".

El lunes siguiente, 23 de mayo, estuvo conversando de nuevo con el Fundador: "La O. de D. va bien - El tiempo se aprovecha más y el espíritu más se sobrenaturaliza - Hay dos nuevos - ¡Señor, que sean santos y que perseveren!".

En cuanto a noticias sobre su expulsión, "nada - Sigue el compás de espera-".

No sabía qué hacer: el administrador del Hospital, Eugenio Vázquez Caballero, que se encontraba entre dos fuegos, le recomendaba día tras día que se fuese, aunque Somoano sabía que tomaba esas decisiones por su cuenta para complacer a sus superiores. "Los médicos -escribe- me han dicho que no hay nada de esa orden que el administrador dice". Confiaba todavía en quedarse: "Creo que la cosa le va a salir mal. Hay orden de que no me marche por ahora". Seguía atendiendo día y noche a sus enfermos: "Comulgan muchos, mejor dicho, confiesan. No está mal el ambiente espiritual".