Dios nos escoja

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Aquel mismo día 11 de mayo se celebró en el hospital una solemne fiesta eucarística de desagravio a la que asistieron muchos enfermos; eso consoló a Somoano, al igual que los frutos de su catequesis con los chicos de la carretera -chicos redimidos por Jesucristo y que pueden ser santos y que acaso depende algo de mí. Sin embargo la conducta inmoral de algunas enfermas del hospital le seguía preocupando: "estoy contento con los muchachos pero las ellas...-escribe el día 13-. No sé lo que hacer para que sean más modestas. Van muy poco vestidas-. En la carretera se nota poca constancia; pero no importa, hay que perseverar".

Sostuvo esta lucha durante mucho tiempo, con resultados diversos: "la advertencia que hice en el 3º acerca de lecturas y cines hizo efecto contradictorio. Unas se aprovechan y otras se disgustan porque no quieren saber la verdad y seguir leyendo lo que les parece, al mismo tiempo que quieren ser tenidas y parecer buenas. La virtud cuesta -Jesús ayúdalas-".

No cayó en la tentación de adulterar la doctrina de Jesucristo para "acomodarla" al ambiente que le rodeaba. No buscó falsas "soluciones de compromiso". No limó los perfiles exigentes del Evangelio, para ganarse a las almas. Una enferma le comentó a María que al capellán "le pasaba como al médico que limpia la llaga del enfermo sin escuchar para nada sus lamentos, poniendo todo su cuidado en hacerlo bien. Sabe que le produce dolor, pero lo que le interesa no es la molestia pasajera que dicho enfermo siente, sino su curación. -Igual le pasaba a D. José María; daba siempre en la llaga... pero por tanto, siempre también curaba las heridas del alma".

Al día siguiente, por la tarde, se produjo por fin la temida decisión: le indicaron tajantemente que se fuese. Me afecta -escribió-; pero poco.

No fue una simple notificación de cese: junto con la expulsión, le dieron una amenaza de muerte. Me anuncian la salud para un plazo muy próximo. ¡Que el Señor lo haga!.

Aquella amenaza no era una fanfarronada: en el hospital había -recuerda Leopoldo Somoano- "un nutrido grupo de extremistas que tenían fama de realizar toda clase de hazañas criminosas, arrastrando con ellos a algunos empleados y personal sanitario".

Allí estaba estorbando y era mejor que se fuera, ¡y que no volviese -le advirtieron-, porque no faltaban personas dispuestas a matarlo! Él -escribe Enriqueta Somoano- contestó con toda entereza lo que el Señor a Herodes:

-Decid a esa zorra que aún no ha llegado mi hora.

En Arriondas recibieron durante aquellos días una carta suya con un texto sobrecogedor, por la seguridad con la que hablaba del futuro y la rara clarividencia que demostraba:

Habrá una persecución religiosa muy grande, una gran revolución y la sangre de los mártires correrá a raudales por España. ¡Dios nos escoja! Porque al fin, las horas del hombre son como el día de ayer que ya pasó...

"Aún recuerdo -cuenta Enriqueta- que mamá, al leerlo, comentó llorando:

-Si Dios te escoge... ¡qué será de tu madre, hijo mío!".