El oficio inicuo

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Con fuerza, con decisión y... con prisa, porque los acontecimientos se precipitaban día tras día. A última hora del día 23 de abril el doctor Isla le comentó que había llegado un oficial de la Dirección de Sanidad con malas impresiones.

Al día siguiente le dieron la notificación: un oficio fechado el pasado 15 de abril, escrito a máquina en papel barba, sin membrete, en el que el Jefe de Personal de Sanidad le comunicaba que, en ejecución de la Ley de Presupuestos, el Ministro de la Gobernación había dispuesto que cesara en su cargo de capellán.

A partir de entonces -como le había comunicado el Inspector General de la Dirección General de Sanidad a don Luis Muñoyerro en una nota escrita a lápiz el 20 de abril en papel ordinario, sin membrete de ningún tipo- no podrían vivir sacerdotes en el establecimiento; las religiosas podían tener actos de culto, pero para ellas solas, y a sus expensas; se permitiría las misas de los domingos, siempre que los gastos no se cargaran a los presupuestos del Hospital y si algún enfermo grave pedía auxilios espirituales deberían avisar a alguna parroquia próxima...

Es necesario que yo me vaya, anotó el día 24, al conocer aquel oficio inicuo que contrista a hermanas y enfermos. No creo que esto tenga solución. ¿Acaso viniendo a la Ventilla?.

Aquella decisión fue un golpe duro. Un mazazo. Un desgarrón doloroso e imprevisto. ¡Ahora, cuando, por fin, estaba entre sus enfermos -la gran ilusión de su vida-, cuando se comenzaban a ver los frutos del intenso trabajo de aquellos años! Muchos pacientes del hospital se quedaron consternados al saber la noticia. Los enfermos protestan -escribió al día siguiente-. No sé qué caso les harán.

El Vicario General, Morán, en vista de la situación, le sugirió la posibilidad de trasladarse a los Pinos, pero Somoano no sabía qué hacer. Según su hermana Enriqueta, no acogió esa idea porque pensaba que si abandonaba el hospital, nadie le reemplazaría y los enfermos morirían sin los santos Sacramentos.

Habló aquella misma tarde con el Fundador y otros sacerdotes. Le sugirieron que tantease la posibilidad de ir a la Ventilla. Parecía la solución más razonable: era un lugar próximo al hospital y desde allí podría seguir atendiendo a sus enfermos. Pero no acababa de decidirse: sabía que una vez que hubiese salido de allí, la atención espiritual se volvería mucho más difícil. ¿Quién le aseguraba que no le cerrarían las puertas al ir a atender a un moribundo o a una persona necesitada? Todo quedaba bajo la arbitrariedad del responsable de turno. Además, reconocía en sus notas: Empiezo a perder la tranquilidad que tuve. Estoy indignado.

Comenzó a hacer gestiones. Visitó Pinos Altos: no es plan. Y se encontró, además, con nuevas dificultades: Lío del maestro y Anastasio y no poder asistir al Hospital. La señora de Quirós le sugirió otra solución. Tampoco resultó factible. Mientras tanto, los enfermos le manifestaban su deseo de que se quedase. Sigue el interés grande en que continúe aquí.

Se había abandonado en las manos de Dios, pero seguía inquietándole aquella situación de inestabilidad, que le hacía sufrir mucho interiormente. Pidió a Dios el don del abandono total. Pensaba que no tenía la resignación que debería, aunque -reconocía- "resignación es, pero no la tranquilidad de espíritu necesaria -Me duelen mucho los desprecios -Ante Jesús Crucificado me tranquilizo-".

¡Si el Señor le concediera el don de llevar gozosamente la Cruz, como los Apóstoles, -escribió- cuando marchaban alegres a declarar ante el Sanedrín!

Al día siguiente vino a verle don Josemaría. Aquello le consoló, pero a pesar de todo, seguía preocupado: No acabo de recobrar la tranquilidad -anotó-. ¿Será amor propio herido? Las religiosas no sabían qué hacer para retenerle: Sor Engracia visitó al doctor Marañón el día 28 y parece que cambia la cosa.

Pero no cambió: el viernes, ya más sosegado, estuvo hablando con el Vicario, que barajó de nuevo la posibilidad de que se fuese a los Pinos. Pero creo que fracasará esto -escribió-.

¿Qué debía hacer? "Como resumen de esta semana -anotó el sábado- se puede decir que he perdido mucha tranquilidad, y aunque he hecho las prácticas piadosas, he notado mucha frialdad y falta de virtud. Ha sido un buen termómetro para que no me ilusione. Dios me ha consolado mucho".