Gracias especialísimas

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El Fundador recordó siempre a los miembros del Opus Dei que no debían buscar cosas extraordinarias en su trato con Dios y en su quehacer cotidiano: Lo que se sale de los cauces de la Providencia ordinaria no nos interesa.

Sin embargo, Dios quiso conceder a Josemaría Escrivá, en aquellos primeros años del Opus Dei, para confirmarle en su camino, algunas de esas gracias especialísimas, de las que hablaba Somoano.

El 19 de abril anotó Somoano en su pequeño bloc de notas una de esas gracias especialísimas: "En la acción de gracias y después Dios me hizo sentir su divina Presencia. ¡Haced, Dios que, aún sin esas dulzuras, Os ame con pasión!-".

Al día siguiente, 20 de abril, escribió el Fundador: "quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del Purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (...) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (...) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (...) y comencé mi meditación. Pues bien, entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que me sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea tu pureza!".