Esto sí que vale

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El ambiente, a su alrededor, se volvía cada vez más huraño. No hay espíritu cristiano -escribió el día 14-. Aquí en el 1º un enfermo no quiere nada con Dios ni con Cristo (palabras textuales) Dios le mudará.

Sin embargo, no había lugar para el desaliento. Ahora, cuando la situación social inducía al pesimismo y parecía entenebrecerse y el rechazo de Dios cobraba perfiles cada vez más violentos, gozaba en su alma de una nueva luz: la luz poderosa de la vocación al Opus Dei, que le llevaba a afrontar todas aquellas dificultades con fuerzas renovadas. Seguía pidiendo constantemente que rezaran por esa intención: a sus enfermos, a su familia... "Carta tras carta -recuerda Cristina- nos pedía que rezáramos por aquello, que haría un gran bien a la Iglesia. Yo era una chica joven y aquella insistencia me sorprendió. ¿Qué sería...? Y comencé a rezar y a rezar...".

Cada lunes, las palabras que iba escuchando del Fundador le causaban un fortísimo impacto. Anotaba en un pequeño cuaderno todas aquellas enseñanzas, que consideraba como un verdadero tesoro. "Cuando volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra -recuerda María-, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía. Y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de esta, era su joya más preciada.

¡Con qué santo entusiasmo, cuando encontraba ocasión favorable me las leía!

Y con algunas enfermas que tenía confianza, sin aclararle el secreto de su cuadernito les decía con él en la mano: ¡Esto sí que vale! Es hermoso entre todo lo hermoso. Es muy grande doctrina. ¡Cuánto amor divino encierra este librito!".

* * *

Se advertía en muchos enfermos del hospital el intenso apostolado del Fundador, de José María Somoano, de Lino Vea Murguía, de José María Vegas, de María Ignacia... "Aunque en algunas chicas -escribió Somoano- se nota algo de frialdad, en otras todo lo contrario. Han comprado la imagen del Sagrado Corazón. Mucho entusiasmo. ¿Se traducirá en otros?".

Somoano seguía desviviéndose por todos, hasta el agotamiento. "Había días -escribió María en su cuaderno- que debido a que por la noche se había levantado dos o tres veces a auxiliar a sus enfermos, se pasaba las 48 horas sin descansar, pues el día lo tenía tan santamente ocupado que nada se reservaba para su descanso.

Pero a pesar de todo cuanto sufría, cuando a sus enfermos visitaba, llevaba tal alegría en el semblante procurando distraernos y animarnos a toda costa, apelando muchas veces a sus salidas de buen humor. Se comprende que su corazón de padre no permitía, por muy triturado que le tuviera, que llegáramos nunca a darnos cuenta de nada, no fuera a causarnos pena.

A la vez que por el bien espiritual nuestro, no descuidaba el corporal, interesándose por cuanto nos ocurría, como una madre cariñosa lo hubiera hecho".

El 16 de abril Sor Engracia, que celebraba aquel día su santo, le regaló una Imitación de Cristo en piel. "La Superiora -recuerda María- le reñía siempre, como a un niño pequeño, por lo poco que se cuidaba y había que verle con la naturalidad que le contestaba: Así me riñe mi madre... Igual que mi madre...".

"Parece que hay más optimismo -escribió aquel día Somoano en su cuaderno-. Voy a Madrid y compruebo lo mismo -No hay que perder las ocasiones para enfervorizar a los compañeros".

Las reuniones de los lunes rezumaban vibración apostólica, juventud y buen humor. Todos rondaban los treinta años, salvo don Norberto, que era de más edad. Tenía una salud débil y don Josemaría le trataba, como recuerda Braulia García Escobar, por esta causa, con una especial delicadeza y deferencia.

Constataba con alegría que tanto María como Antonia estaban muy contentas. No es para menos. "Cada día me convenzo más -anotó Somoano el 18 de abril tras la reunión- de la bondad de Dios N. Señor. ¡Cómo premia lo poco que por El se hace! Quiere Dios darme gracias especialísimas y que sea santo y grande. Yo quiero serlo".