Almas grandes

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

María está feliz, anotó Somoano el domingo día 10. Y le planteó la posibilidad de sugerir la entrega a Dios en el Opus Dei a otras enfermas como Antonia, Angeles y Tomasa.

Ya sabía María, por fin, en qué consistía aquella intención por la que había estado pidiendo durante tanto tiempo. Ahora hablaba largamente con su capellán sobre la Obra: "no tengo palabras -anotó, refiriéndose al amor de Somoano por la Obra de Dios- con que expresar lo mucho que la amaba". En su afán apostólico, María le hablaba constantemente de conocidas suyas, en su mayoría buenas cristianas, cuyos sufrimientos "podían servir (...) mucho para nuestra Obra, uniéndose a ella". Pero Somoano le "contestaba siempre: No queremos número; eso... ¡nunca! -Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino. ¡almas grandes! ¿Me entiende?".

Y añadía, soñando en el futuro desarrollo de la Obra de Dios: "Nada, nada: Hay que cimentarla bien. Para ello, procuremos que estos cimientos sean de piedra de granito, no nos ocurra, lo que a aquel edificio de que habla el Evangelio, que fue edificado en la arena. Los cimientos, ante todo; luego, vendrá lo demás".

Durante ese tiempo, mientras pudo -comenta su hermana Braulia- María "salía del Hospital para asistir a las reuniones que dirigía el Padre, en donde recibían formación doctrinal y les explicaba algunas facetas del espíritu de la Obra. Recuerdo oír decir a mi hermana algo de lo que les decía el Padre: que el Señor escribe utilizando cualquier medio; incluso la pata de una mesa; que utilizaba instrumentos desproporcionados para que se viese que la Obra era suya. Hablaba mucho de confiar en Dios: de tener seguridad en El".

Las mujeres que seguían a don Josemaría durante aquel tiempo eran muy pocas: una profesora de colegio, una enfermera, varias empleadas y algunas chicas jóvenes que se reunían en casa de alguna de ellas o iban los domingos a dar catequesis al barrio de la Ventilla. Era el germen de la labor con mujeres del Opus Dei, cuya formación confió el Fundador, considerando su propia juventud, a sacerdotes que colaboraban con él.

María pudo participar en las labores apostólicas de aquellas mujeres muy escasamente, a causa de su enfermedad. Pero desde que pidió la admisión en la Obra luchó por vivir un plan de vida espiritual adaptado a sus circunstancias. "A las seis y media -anotó en su cuaderno-, despertarnos para el termómetro.- A las 7, tomarnos la temperatura la enfermera.- De 7 a 8 levantarnos. A las 8 el desayuno. A las 9, Lámpara. De 9 a 11, coser, escribir, etc. De 11 a 12 reposo...". El horario concluía a las 9 y media de la noche, hora en la que apagaban la luz. A continuación don Lino le sugirió por escrito este plan de vida espiritual:

"Al despertar poner el pensamiento en Dios y en la meditación preparada la víspera. Los días de comunión este pensamiento lo llenará todo.- 7 1/2 Oraciones de la mañana y examen de previsión. -9 Meditación.- 9 3/4 Tiempo libre.- 11 1ª parte del Rosario...". Seguían, a hora fija, el examen, la lectura espiritual, otras partes del Rosario, la oración, el examen de conciencia "general y particular, preparación de los puntos de la meditación para el día siguiente". Y englobándolo todo, había dibujado una llave con este resumen: "Presencia habitual de Dios, haciendo y sufriendo todo por su amor".

Braulia recordaba que su hermana María "estaba maravillosamente atendida espiritualmente " por el Fundador. Veía como, tras aquellas visitas la alegría de su hermana se hacía "patente y me recibía con un ánimo especial: Ha estado aquí don Josemaría. Estoy muy contenta".

* * *

A Braulia le parecía increíble, pero era cierto: María se sentía felicísima en medio de sus terribles dolores y sufrimientos -borracha de felicidad, escribió en su cuaderno-. Aquel nuevo encuentro con Dios, gracias a la vocación en el Opus Dei,

la había llenado de esperanza: "¡Qué fácil veo entonces el camino de la santidad! Tú lo quieres... Tú eres quien forma los santos... Tu poder y Tu sabiduría no tiene límites...

¿Somos nosotros los llamados a escoger los materiales para tus obras? No; solamente estar dispuestos a no negarte nada, y como Maestro consumado que eres, Tus obras serán siempre la admiración de los hombres y la alegría de los Angeles".

En los escritos en los que desvela su intimidad, María escribe que sólo le gustaría una cosa: que la llamaran "la loca de amor de Dios".

Ese amor se va apoderando cada vez con más fuerza de su alma. Y cada vez le duelen más las ofensas, el olvido, la indiferencia y el odio a Dios. "No se comprende que esto ocurra, si no es porque no se te conoce" -escribe-. "Conociéndote es imposible dejarte de amar. Y no con un amor tibio, mezquino, pobre, ¡no! se te ama hasta la locura, pues dándose cuenta el alma de lo que te debe y la bondad y misericordia que te cuidas de ella, sin Tí no quiere la vida; no acierta a respirar sin Tí."

Y concluye con una súplica ardiente: "¡Que vean, Señor, que vean!".