Hay que tener fe

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Durante aquel año -prosigue Rafael Somoano- se fue enamorando más y más del Señor, y el gran cariño que nos tenía a sus padres y hermanos fue haciéndose cada vez más profundo, más sobrenatural y más entrañable. El 17 de marzo, al día siguiente de firmar esta declaración, envió a casa una postal muy bonita, con una vista de Nápoles, en la que le decía a mi madre que cada día que pasaba aumentaba su amor y su afán porque Dios compense como se merecen los grandes sacrificios suyos por nosotros.

Yo estaba en el Seminario durante aquel tiempo y allí se respiraba, al igual que en el resto del país, un gran ambiente de incertidumbre. José María sin embargo, adoptó ante los acontecimientos una postura serena y valiente, llena de fe y al mismo tiempo muy sobrenatural, sin catastrofismos ni alarmismos de ninguna clase. Pero le dolía el comportamiento de aquellas gentes a las que parecía que les molestase Dios. En una de las cartas que me envió desde la Enfermería de Chamartín, el 27 de marzo de 1932, se ponía de manifiesto esa paz que nacía de la fe.

La carta comenzaba, como de costumbre, con una broma:

Carísimo Falito: Salutem et Apostolicam benedictionem ¿nada más que eso? (calla bobín que todavía no he terminado) et aliquam pecuniam dona tibi frater tuus; ¡Menos mal! -Falito, Falito- quaerite primum regnum Dei. Hay que tener fe y muy grande -Omnia possibilia sunt credenti- Recibí tu carta y quise ipso facto girarte algo; pero las festividades y... cosas, como dice la que arregla mi cuarto, hicieron imposible el deseo mío eficaz de mandarte algún cuarto. ¿Llega muy tarde? De todas las maneras llega, más vale tarde que nunca y a caballo regalado no le mires el diente, como con algo de incongruencia diría Sancho Panza.

Has salido muy bien de esclavo egipcio ahora que te buscaba en la foto de el grupo mayores y no en el de los pequeños; porque ya de terminar 3º...

Por aquí no hay nada de particular. Supongo que ahí ya se sabrá que van a dar un decreto prohibiendo el uso de uniformes eclesiásticos y militares fuera de los actos de culto. Tanto les estorba Dios y quien se lo recuerda que si pudieran suprimirle... Me hacen el efecto de Anás y de toda aquella gente.

Por hoy nada más, Falito. Que sigas tan aplicado y tan bueno, y hasta pronto si Dios quiere".