La razón última de su vida

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

No cesaba la espiral de violencia en todo el país: el 28 de febrero se produjeron algaradas y desórdenes y agresiones en Sevilla. El 5 de marzo se descubrió en Jaca un complot anarco-sindicalista. El 10 estalló en Córdoba la huelga general. Y seguían promulgándose medidas descristianizadoras: el 16 de enero se había dado la orden de retirar el Crucifijo de las Escuelas; el 23 de enero se decretó la disolución de la Compañía de Jesús; el 2 de febrero se aprobó la ley del divorcio; el 6 de febrero, la secularización de los cementerios; el 11 de marzo la asignatura de Religión quedó suprimida en todos los centros docentes...

El Fundador rezaba y hacía rezar por esta situación, pero no se pronunció jamás a favor de una opción determinada: sabía -y enseñaba- que su tarea no era hacer política y que su misión como sacerdote era tener los brazos abiertos a todos, sin rechazar a nadie, para ofrecer a todos el mensaje de Cristo. "A mí me llamaba mucho la atención -recuerda Sor Isabel Martín-que en aquella época tan revuelta ideológicamente, fuera tan espiritual".

Ese era el mismo modo de proceder de Somoano, que proseguía su trabajo diario en medio de aquella turbulencia social, poniendo cada vez más empeño en su trato con Dios, en la oración y los sacramentos. No se evadía de la realidad: se enfrentaba a ella de modo consecuente a su propia condición.

A muchos enfermos, como Antonio Royo Marín, un joven estudiante de dieciocho años que llevaba internado poco tiempo en el Hospital, les llamaba la atención su personalidad vigorosa y su celo apostólico "y especialmente -observa- su profunda piedad eucarística, que se advertía especialmente al verle celebrar la Santa Misa".

"En la Santa Misa encontraba mi hermano la fuerza -recuerda Rafael Somoano- y la razón última de su vida: en ese Sacramento se llenaba de amor de Dios. Era realmente el centro de su vida espiritual y de su vida interior, que era particularmente rica y le proporcionaba un discernimiento y una madurez de criterio que no se correspondían con su juventud. Por eso no me extrañó cuando me contaron que en el Seminario le habían puesto, poco tiempo después de ordenarse, como modelo por sus virtudes sacerdotales.

Tenía un amor por la Eucaristía tan enraizado en lo más hondo de su alma, tan apasionado, tan profundo, tan grande, que llegaba al heroísmo. Nos contaron que en una ocasión fue a administrarle la Comunión a una enferma tuberculosa del hospital. Nada más dársela, sufrió una hemotipsis, que hizo que despidiera sin querer la Sagrada Forma, que cayó al suelo...

Al contemplar aquello, mi hermano se arrodilló inmediatamente, la recogió con toda reverencia, con todo amor... y la sumió.

Fue un acto verdaderamente heroico, que sólo se explica por una moción del Espíritu Santo, como se estudia en Teología Moral. Porque la Iglesia tiene previstos otros procedimientos para cuando suceden estos casos... Fue un arrebato de amor hacia la Eucaristía. Era aquel mismo amor que le había llevado a ofrecer al Señor toda su vida, en desagravio, pocos meses antes...

Era profundamente sacerdotal: un sacerdote cien por cien. Y tenía muchas virtudes genuinamente sacerdotales: un profundo espíritu de oración; un gran sentido del sacrificio, unido a la oblación de Cristo en la Cruz; una gran piedad eucarística; un afán constante de servicio a los demás.

En su carácter se daban esos rasgos, aparentemente contradictorios -pero en realidad complementarios entre sí- de las almas santas. Era muy recio y vehemente; fuerte, enérgico, decidido, impulsivo, y era, al mismo tiempo, alegre, amable, cordial y cariñoso. Esto se manifestaba especialmente en el Sacramento de la Confesión: más de una vez he oído contar, al cabo de los años, de labios de algún penitente suyo, su modo de actuar, paternal y comprensivo: era más médico y padre que juez.

Era sencillo, cercano, asequible a todos, y gozaba de una personalidad cultivada, con diversos intereses culturales. Tenía una mentalidad abierta a todo lo que pasaba y le gustaba estar informado de lo que sucedía: nunca se aisló en su mundo particular. Era serio, cuando había que serlo; pero sabía contar con mucha gracia todo tipo de sucesos y anécdotas. Y siempre, y en todo, se comportaba de un modo sacerdotal: amaba profundamente a la Iglesia; y sufría cuando tenía noticias de comportamientos indignos de un sacerdote.

Ese amor por la Iglesia se apreciaba en mil detalles, aparentemente pequeños, pero muy expresivos; recuerdo la veneración con la que trataba al párroco de Arriondas, cada vez que venía; el tono con el que hablaba de las cuestiones eclesiásticas; su amor por el traje talar. Y se comportaba siempre de un modo franco, directo, claro: nunca le oí hablar mal de nadie, ni murmurar.

Entre sus documentos se conserva la declaración que firmó cuando se promulgó la ley de secularización de los cementerios que especificaba en el artículo 4 que a partir de entonces los enterramientos no tendrían carácter religioso alguno para los que hubieren cumplido la edad de veinte años, a no ser que hubiesen dispuesto lo contrario de manera expresa...

Era una ley claramente tendenciosa, y en vista de la situación, la Iglesia había recomendado a los católicos que desearan ser enterrados en un cementerio católico que firmaran tres declaraciones: una, para llevarla siempre consigo en la cartera; otra, para entregarla en la parroquia; y otra, para ponerla en la cabecera de la cama o en sitio conocido de la familia. José María firmó esta declaración, que comenzaba con una profesión de fe:

Yo, José María Somoano Berdasco, capellán de la Enfermería para tuberculosos de Chamartín de la Rosa confieso lleno de fe las verdades enseñadas por la Santa Iglesia Católica; amo con toda mi alma a mi Señor Jesucristo y a su Santa Esposa la Santa Iglesia.

Me emociona leer estas últimas palabras: porque no fueron para él una simple declaración de principios: nos demostró con su vida y con su muerte que amaba realmente a Jesucristo y a la Iglesia con toda su alma. En un boletín eclesiástico dijeron, tras su fallecimiento, que en su alma había sin duda algo muy hondo; un amor a Jesús muy profundo y muy sacrificado en el corazón. Era verdad".

La declaración seguía así: quiero según esto, morir como buen católico y buen sacerdote, siendo mi ferviente deseo recibir fervorosamente los últimos sacramentos y tener en los labios o en el Corazón a Cristo Crucificado, y asimimismo ser enterrado como católico y como sacerdote suplicando a quien lea esto que rueguen a Jesús por mí, esperando de la divina Misericordia me dé la Gloria eterna por mediación de la Virgen María mi Madre a quien me encomiendo y juntamente a San José, su castísimo Esposo y Patrono mío y al Angel de mi Guarda. El Señor convierta y perdone a sus insensatos enemigos. José María Somoano. Chamartín de la Rosa, 13-Marzo-1932.

Tres días más tarde escribió:

Yo, José María Somoano Berdasco, Presbítero, DECLARO ser católico apostólico romano y querer morir, como he vivido, en el seno de la Iglesia Católica.

RUEGO a mis familiares, amigos y a cuantos bien me quieran, tengan la caridad de avisarme si me vieren en punto de muerte, y me procuren un sacerdote católico que me administre los sacramentos, que desde ahora deseo y pido.

DISPONGO de modo terminante y expreso que a mi cadáver se le dé sepultura eclesiástica en tierra sagrada, con todas las ceremonias, ritos y bendiciones de la Iglesia católica, que a mi entierro asista el clero con cruz alzada, y que sobre mi sepultura, bendecida por sacerdote católico, se ponga la Santa Cruz.