Un día de nieve

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El 13 de febrero el hospital apareció cubierto por una blanca capa de nieve. "Al despertarnos la enfermera a las seis y media de la mañana para tomarnos la temperatura diaria -escribió María en su cuaderno- mis compañeras gritan con entusiasmo: ¡qué bonita nevada!

Me incorporo en la cama, y por la ventana que junto a ella hay, -como no tiene puertas y día y noche permanece así- puedo al punto contemplar tan hermoso paisaje.

Más que exterior, interiormente me he recreado con este pensamiento: ¿Quién sino el Todopoderoso, puede hacer esto? -¡Qué grande es el Señor! -Y este Señor, es mi Amado.... el que me regala con sus dones.... el que me acaricia con sus perdones.... el que me llama sin descanso invitándome a reposar junto a la llaga de su divino costado...".

* * *

Mientras tanto, el Fundador del Opus Dei seguía llevando a cabo su intensísima labor caritativa por los hospitales de Madrid, dando calor y esperanza cristiana a aquellos a los que Dios, según la expresión de María, quería asociar, mediante el sufrimiento, a las llagas de su divino costado. Sin importarle las dificultades ni los peligros "visitaba todos los Pabellones -comenta sor Isabel- ya que el sacerdote podía entrar a atender a cualquier enfermo aunque estuviese aislado rigurosamente por la infección. Se tomaban todas las precauciones, pero entraba".

El 14 de febrero, día en que se cumplía el segundo aniversario del comienzo de la labor apostólica con mujeres, don Josemaría fue al Hospital General. Le habían avisado que un moribundo no quería recibir los Sacramentos. Era un gitano, cosido a puñaladas en una riña. Su estado era lamentable y echaba inmundicias por la boca.

"Estaba agonizante. Lo preparé, lo absolví (...). Y aquel hombre me enseñó a hacer un acto de contrición colosal. Pareció que rechazaba el crucifijo. Me dijo: ¡No!, ¡no! Dije yo: ¡sí! Contestó él: esta boca sucia no es digna de besar a Cristo Señor Nuestro. Yo le respondí: esa boca ya no es una boca indigna; es una boca limpia, que puede y debe besar a Cristo Señor Nuestro. Le di el crucifijo, lo besó y murió contrito; contrito y contento".

"Después -concluía don Josemaría-, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición".