Siempre sonriendo

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Mientras tanto, el país sufría constantes convulsiones sociales. Pocos días antes había tenido lugar una batalla campal entre campesinos y guardias civiles en Zalamea de la Serena, y la Guardia Civil, acorralada, había causado en Arnedo, un pueblo de Logroño, durante el transcurso de una huelga, seis muertos y treinta heridos, en su mayoría mujeres.

Escrivá sufría por esta situación, mientras impulsaba sin cesar la acción apostólica. Sabía que Somoano y Vegas encauzarían los sufrimientos de aquellos enfermos que atendían, dándoles paz y consuelo, para que los ofrecieran a Dios: confiaba plenamente en los frutos sobrenaturales de aquellos dolores y sufrimientos: sabía que ése sería el cimiento de la Obra de Dios: ¡El dolor de los pobres, de los niños, de los enfermos! Un dolor convertido en instrumento de corredención, en cauce para la salvación de las miles de almas que vendrían al Opus Dei con el transcurso de los siglos.

* * *

A Leopoldo le impresionó profundamente la alegría y la fuerte vibración apostólica de aquellos sacerdotes amigos de su hermano, que se reunían de vez en cuando en el hospital o en el Porta-Coeli. Eran jóvenes -muy jóvenes-, alegres, entusiastas, decididos y muy amigos entre sí. Recuerda que su hermano se compenetraba espléndidamente con aquel joven Fundador lleno de Dios, con mucha energía, sencillo, siempre sonriendo y con buen humor. Junto con don Lino Vea-Murguía y don José María Vegas formaban un grupo de sacerdotes "del cual era el alma don Josemaría, que ponía un gran entusiasmo y un enorme espíritu en la labor con estudiantes, con enfermos y con sacerdotes. Se preocupaba mucho de éstos últimos, sobre todo cuando oía que alguno abandonaba su sacerdocio o se comportaba indignamente".

Sor María Casado guarda el mismo recuerdo: "Aunque coincidí pocos meses con ellos, los recuerdo perfectamente. Don Josemaría Escrivá se desvivía por los enfermos. Era todo para los enfermos. A Somoano lo recuerdo más bien discreto, silencioso, muy fervoroso, aplomado, con mucho afán apostólico".

Sor Isabel Martín, que atendía la Farmacia del Hospital, señala que a don Josemaría Escrivá "le queríamos mucho, muchísimo. La razón de este cariño general era que él se daba generosamente a todos. Era, además, muy espiritual y sabía entregarse a los demás con una enorme alegría. Yo le recuerdo siempre alegre. Si tuviera que destacar una cualidad de él, creo que me quedaría con esta: la jovialidad, el gozo que emanaba de su persona".

El Fundador hablaba del Opus Dei a los que le rodeaban —recuerdan Vicente y Leopoldo— "haciéndoles ver —también nos lo decía a nosotros— que la Obra sería un gran instrumento al servicio de la Iglesia, con proyección universal, extendida por todo el mundo". Sabía contagiar su entusiasmo y su afán de almas: "Me visitaron Escrivá y 4 más —escribió Somoano el día 26—. Sigue el entusiasmo y parece que tiende a la perfección".

A partir de entonces, José María Somoano comenzó a participar todos los lunes en unas reuniones con aquellos sacerdotes que tenían lugar en casa de don Norberto. Disfrutaba allí del ambiente de familia cristiana propio del Opus Dei. Salía removido: la vocación al Opus Dei reforzaba su comunión con el Obispo y con el resto de los sacerdotes, y era un factor poderoso de comunión y de servicio a la diócesis. ¡Y estaban sólo en los comienzos!.

Vendrían a lo largo de los siglos -los veía ya, con los ojos de la fe- miles y miles de hombres y mujeres, de todas las profesiones y oficios, millares de sacerdotes de todas las diócesis del mundo que encontrarían en aquel espíritu un aliento renovado para servir a la Iglesia. ¡Valía la pena rezar y hacer rezar!

A María, discreta y observadora, no le pasó inadvertido aquel nuevo fervor, aquella alegría singular que se adivinaba en el rostro del capellán, que durante aquel tiempo —secundando los deseos del Fundador— había ido acercándose a su cama, y diciéndole:

—María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición, no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso.

"Y marchó por las salas —anotó María en su diario— alentando a todas las enfermas a ofrecer oraciones y cuantos sufrimientos tuvieran, por su intención".

Ella ofrecía sus dolores por aquella intención, mientras pensaba qué podía ser. ¿De qué se trataría? Consideraba, intentando desentrañar su significado, una vez y otra, aquellas palabras: "no es de días...", "es un bien universal...", "ahora, mañana y siempre".