Esa es mi obligación

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Durante el verano de aquel año, Somoano volvió de nuevo a Arriondas. Como de costumbre, sus hermanos salieron a recibirle a la estación, pero esta vez se sorprendieron al verle. Ofrecía una imagen realmente insólita. Venía de paisano, con chaqueta y corbata...

Tras los besos y abrazos les explicó que, en vista de la situación general de odio hacia lo religioso, el obispo de Madrid había recomendado que viajasen de ese modo. Sin embargo, nada más entrar en la casa se puso de nuevo aquel traje talar que tanto amaba, porque era testimonio de su entrega a Jesucristo.

Su hermana Enriqueta fue comprobando durante esos meses con admiración lo que puede la gracia de Dios en algunas almas. Su temperamento estaba notablemente transformado. Aquel carácter alegre y vivo, recio y fuerte, apasionado, vehemente a veces, impulsivo, de fondo humildísimo; se manifestaba ahora profundo y sereno, templado por el dolor, más sacerdotal que nunca.

Allí, en su pueblo -aunque estaba, en teoría, de vacaciones- se sabía siempre sacerdote y por eso estaba disponible a todas horas, en todo, para todos. "Una tarde, víspera de fiesta, -recuerda Enriqueta- estuvo en la iglesia por si alguien quería confesarse. Cuando no quedaba nadie, fue a merendar a casa, distante entonces unos metros de la iglesia. Se disponía a hacerlo cuando vinieron unas niñas a buscarlo. Dejó la merienda sin empezar e inmediatamente se marchó. Por más que le dijimos que acababa de llegar, que ni eran enfermos, ni forasteros, ni nadie que tuviera prisa, no fue posible detenerlo. En diciendo esa es mi obligación no había más que hablar".

Trataba con todos sus paisanos de forma abierta, natural y alegre, y se esforzaba por actuar siempre conforme a las exigencias de su condición. Se mostraba especialmente discreto en el trato con mujeres, rehuyendo toda relación que no fuera específicamente sacerdotal, siguiendo las normas de prudencia que recomienda la Iglesia. Decía -recuerda Enriqueta- que a las mujeres había que hacerles todo el bien que se pudiera, pero... de lejos. Y predicaba con el ejemplo.

Aunque en Arriondas el ritmo de vida seguía tan sosegado y apacible como siempre, las noticias que iban llegando del resto del país eran inquietantes. Fue un verano especialmente agitado desde el punto de vista político y social. A finales de julio estalló en Sevilla una huelga revolucionaria. Los desórdenes prosiguieron durante todo el verano. Y no parecían terminar nunca: el día 1 de septiembre hubo huelga general en Zaragoza y Osuna; el 3 y el 4, disturbios en Barcelona; el 5, revueltas de campesinos en Talavera, y de mineros en Asturias. El 6, se puso en huelga también el puerto de Gijón y dos días más tarde, se produjeron disturbios en la cuenca minera de León. El 14 le tocó el turno a Granada y Soria. El 22, Corral de Almaguer y otros pueblos de la provincia de Toledo cayeron bajo el poder de algunos grupúsculos de carácter comunista...