El libro del dolor

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Somoano había ido aprendiendo, al igual que María, muchas lecciones del libro del dolor y del abandono total en Dios; y María, que se encontraba "sumergida en toda clase de dolores que me producen agonías mortales", se sintió especialmente comprendida y confortada por aquellas palabras que daban sentido a su sufrimiento.

"Cuando más tarde me dijeron que nos venía de Capellán -escribía-, me alegré en el alma, y di gracias al Señor por el beneficio que nos concedía.

Desde el día que el Capellán que marchaba nos hizo su presentación en las salas hasta dos días antes de su muerte que le vimos salir de celebrar la Santa Misa, continuamente nos tenía edificadas igual con sus santos ejemplos, que con sólo su porte y piadosa compostura.

En el candor de su rostro, se reflejaba una conciencia tranquila y santa; y su limpia mirada, confirmaba más y más la pureza de su alma.

¡Cuántas veces al acercarse a mi cama me hablaba con el corazón en los labios, de la confianza tan absoluta que debemos tener en la bondad y misericordia de Dios Nuestro Señor! Yo le respondía, que procuraba tenerla pues precisamente era lo que más me llevaba a El: la confianza. Y a pesar de eso me seguía repitiendo: Pero esta confianza, no olvide que tiene que ser absoluta ¿sabe? ¡absoluta! ¡absoluta!

Otro día hablando de la meditación decía: No hay que conformarse con poco; hay que llenar las horas. Y además, procurar nosotros hablar muy poquito... dejar hablar a Jesús... ¡es tan dulce escucharle!

Y refiriéndose a la presencia de Dios, me dijo una vez: Yo a veces, siento a Jesús tan cerca, que parece envolverme su Divinidad. Y diciendo esto, su rostro cambiaba por completo".

"En Mayo próximo pasado -seguía relatando- ingresó aquí una jovencita de 18 años, la cual al exteriorizar sus pensamientos sembró la pena y el dolor más profundos en el corazón de todas las compañeras. A su llegada comulgó un día, diciéndonos luego, para mayor disgusto nuestro, que lo había hecho por no decirnos que no, pero que ella no creía en nada. Y añadió que no intentáramos hablarle de ello, porque como estaba completamente convencida a nada daría oídos, antes por el contrario se lo diría a su padre que le había encargado mucho le avisara si se le obligaba aquí a practicar la religión.

Visto esto y aconsejadas por personas prudentes, determinamos callarnos, no sin añadir la oración continuada al silencio forzoso. Así transcurrieron cuatro meses sin muestras ningunas de su parte, de variar su opinión. En esto vino un Padre a confesarnos y al contarle yo lo preocupada que me tenía esta joven, me aconsejó ofreciera yo al Señor mi enfermedad por la conversión de esta alma. Así lo hice en aquel momento, y aunque siguió igual y si cabe peor, pues continuamente nos decía que su fin era matarse, yo seguía recordando mi ofrenda al Buen Jesús con entera confianza.

¡Qué bueno es Dios! ¡qué grande es Dios! No hacía dos meses de esto, cuando la víspera de Cristo Rey la veo que se dirige al confesionario en unión de otra compañera. Yo, más que contenta muy preocupada, indagué al punto qué disposiciones llevaba y me enteré que iba muy inclinada para ello pues llevaba veinte días de preparación. ¡No sabía si llorar o reír! Jesús todo bondad y ternura lo había dispuesto así, para evitarme el trabajo que pudiera haberme dado esto. Quería darme una sorpresita. Por añadidura, a la compañera que el amorosísimo Jesús escogió para ello le ha concedido completa salud y dentro de unos días se marcha a su casa curada. Así lo aseguran los médicos. ¡Qué espléndido es Nuestro Señor con los que le aman!".