Una enferma del hospital

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

A pesar de la ayuda que había supuesto la Enfermería Victoria Eugenia para detener el avance de la tuberculosis, los médicos sabían perfectamente -como recuerda el Dr. Torres- que ni con diez enfermerías como aquella tendrían suficiente "para apagar el fuego desencadenado por la tuberculosis, tal era el auge que parecía que había tomado. Decimos que parecía haber tomado porque seguramente no había más tuberculosos que pocos años antes, sino que se había perfeccionado nuestro diagnóstico y no nos pasaban tantos totalmente desapercibidos. (...) La cantidad de jóvenes que padecían esta enfermedad y de muchachas situadas en una familia sana nos producía verdadera consternación".

Una de esas jóvenes era María Ignacia García Escobar, una mujer cordobesa que había ingresado en el Hospital del Rey el 22 de julio de 1930, y que se había contagiado de forma insospechada. "Mientras estudiaba la carrera de Magisterio en la Escuela Normal de Córdoba -contaba su hermana Braulia-, me hospedé en una pensión donde la dueña estaba enferma de tuberculosis. No tomaron las precauciones debidas y caí enferma. Solicitamos plaza en el Hospital del Rey de Madrid. Poco después, quizá contagiada por mí, cayó también enferma mi hermana".

María había nacido en 1896 en Hornachuelos, un pueblecito cordobés de casas blancas, agazapadas en torno a unos grandes peñascos, en el seno de una familia acomodada de la localidad, de tradición muy cristiana, como comentaba su hermana Braulia, que evocaba la figura de su padre -médico de profesión- desviviéndose por los enfermos, y atendiendo gratuitamente a las personas necesitadas. "Mi madre era muy piadosa, y siempre la recuerdo rezando, y enseñándonos a no hablar mal de nadie".

María -contaban sus hermanas- había sufrido mucho a causa de la enfermedad de su hermana Braulia y también por la ruina económica que habían padecido tras la muerte de su padre. Habían podido ingresarla en un sanatorio gracias a que el famoso Bombita, uno de los toreros más populares de la época, amigo de la familia, los ayudó en aquellos momentos de apuro.

María había sido desde siempre una chica simpática, serena, buena cristiana -muy alegre, como recordaba la maestra de su pueblo, Matilde García Vázquez-, con muchas amigas y un cierto toque de finura y distinción.

Durante su juventud había tenido dirección espiritual con un religioso, Fray Francisco María de Sebastián, y "había pertenecido -recuerda su hermana Braulia- a la Asociación de las Marías de los Sagrarios, fundada por el que fue Obispo de Málaga, don Manuel González García (...). Era la más joven de la Asociación, pero la propagó mucho en el pueblo entre los chiquillos y entre las personas de edad: era increíblemente apostólica".

Como a don Vicente, el padre de José María Somoano, a María le gustaba escribir y componer poemas. A veces los versos le servían para felicitar a sus amigos y conocidos, o para agradecer a una determinada enfermera las atenciones que tenía con ella. Pero en la mayoría de las ocasiones sus poemas eran expresión de su trato con Dios. Sus poemas, con rimas sencillas, sin pretensiones literarias, guardan un especial encanto, precisamente por su misma sencillez. Son versos de un alma enamorada en los que se advierte que al igual que Somoano, María ya había hecho el ofrecimiento total de su vida, en holocausto, al Amor Misericordioso.

Dios la iba conduciendo hacia Si por el camino por el que suele llevar a los que más ama: por el del sufrimiento que identifica con Cristo en la Cruz. Y María respondía con el abandono pleno en sus brazos, siguiendo el camino de infancia espiritual por el que la había llevado el Señor.

En uno de sus poemas relataba el momento en el que advirtió el primer signo de su terrible enfermedad: no llegó a perturbarme ningún triste pensamiento. / ¡Sólo poder disgustarte! y su reacción ante aquel borbotón de sangre: llena de amor decía... / Jesús mío, cuánto te amo!

Además de discreta y elegante, María era muy agradable y cariñosa en el trato, por lo que hizo enseguida buenas amistades en el Hospital con enfermas y enfermeras, como Josefina Andrés, a la que dedicó alguno de sus poemas. Y era, además, delicada, sensible y fuerte al mismo tiempo; profundamente femenina, intuitiva y muy observadora. Por eso, no es extraño que descubriese pronto la calidad espiritual del nuevo capellán.

"Recién venida a este hospital -evocaba en sus apuntes personales-, me contaron mis compañeras que hacía muy poco que dos Padres de Madrid habían dado una misión para todos los enfermos y enfermas. (D. Lino y D. José Mª Somoano). Recuerdo que una enfermita que no salía casi nunca me refirió que en estos días, no perdió uno de ir a escuchar a dichos Padres".

Desde aquel día deseaba conocer a aquellos sacerdotes, hasta que "un día, por fin, vinieron a mi sala y mientras D. Lino saludaba a las demás enfermas, D. José Mª se paró junto a mi cama y, en unión de otra compañera que conmigo estaba, nos estuvo hablando del favor tan hermoso que Nuestro Señor nos dispensaba, y cómo teníamos que serle agradecidas no entristeciéndonos nunca por habernos enviado la enfermedad.

Decía así: Mirad: dos niños, están jugando en medio de la calle con un fango sucio y asqueroso, y a la vez que sus manitas, se están poniendo los vestidos hechos una lástima. Pasa en esto, el padre de uno de ellos por allí; coge a su hijo, le azota, y le hace marchar al punto a su casa. -Al otro, no le pone la mano encima, y le deja continúe en el fango. ¡Claro! no es su hijo...

Pues igual ocurre en esto. -Vosotras sois hijas predilectas de Jesús y si hoy les azota, es por lo mucho que les quiere (...) ¡Qué bueno es el Señor! ¡Qué altos son siempre sus designios soberanos! ¿verdad?

Me dejó tan bien impresionada, que siempre le recordaba en unión de la moraleja de los dos niños de la calles".