Mayo de 1931

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Aquella mañana del 11 de mayo de 1931, Vicente Elvira, el capellán de las Hospitalarias, tomó la bicicleta para ir a visitar a sus tíos que vivían en la calle de la Flor. Iba de paisano, como aconsejaban las circunstancias. Al llegar a aquella calle -recuerda- "me extrañó ver a un grupo de gente arremolinada frente a la iglesia de los jesuitas. Me dirigí hacía allí, y observé, asombrado, como varios hombres sacaban de entre la chusma un bidón de gasolina y rociaban la puerta de la iglesia para incendiarla. Y todo esto, ¡frente a unos números de la Guardia Civil que contemplaban el espectáculo sin hacer nada!

No pude más. Me encaré con los guardias y les dije que mi padre era Guardia Civil, y que yo, como hijo del Cuerpo, sabía lo que significaba el honor para ellos. ¿Cómo podían permitir aquello?

¡No comprendo -les grité- que se queden parados ahí, mientras queman la iglesia!

-Es que tenemos órdenes de no actuar -me respondieron.

-¿Ordenes? ¿Ordenes de quién?

-Del Ministerio de la Gobernación.

A lo largo de aquellos tres días terribles -10, 11 y 12 de mayo- Vicente Elvira vio alzarse sobre el cielo de la capital, como tantos miles de madrileños, las grandes humaredas de las iglesias incendiadas. Fueron tres días de gritos broncos, de blasfemias macabras, de sombras violentas sobre las naves de los templos, de hachazos en el rostro pacífico de las imágenes, de sepulturas desenterradas, de tumultos sin freno... Tras la iglesia de los jesuitas quemaron la de las monjas bernardas, en Vallecas; la de Santa Teresa, la de los carmelitas descalzos, en la plaza de España, que estaba recién construida; el colegio de las Maravillas; el de las Mercedarias de San Fernando; la iglesia de Bellas Vistas; el colegio de María Auxiliadora; la iglesia del Sagrado Corazón; la de San Agustín; la de Santo Domingo...

Somoano no pudo olvidar jamás aquellos días de incendios y sacrilegios. Le llagaron dolorosamente el alma, dejándole una herida que nunca logró cicatrizar. Fueron tres días de risotadas y sarcasmos entre algunos enfermeros del hospital; tres días de silencios tensos y miradas oblicuas en torno a la mesa de operaciones; tres días de estremecimientos, desasosiegos y temores en unos enfermos; de amenazas y burlas en otros, mientras paseaban, charlando en voz baja, por los corredores helados de la Enfermería.

-Dicen que en Valencia han quemado más de veinte iglesias...

-Y en Málaga más de cuarenta...

-Y cinco en Jerez...

En las terrazas, en los jardines, en los largos dormitorios, con las ventanas abiertas de par en par, los enfermos cuchicheaban qué había dicho el doctor Tapia, y qué había contestado el doctor Vallejo, hasta que entraba un determinado médico, o aquel enfermero...; entonces cambiaban de conversación y hablaban del tiempo, del aire de Madrid que bajaba de Guadarrama afilado como un cuchillo, de un nuevo remedio que habían inventado en el extranjero contra la tuberculosis...

Sor María Casado sufría aquella situación en silencio, y observaba que cuando el capellán abandonaba las salas, unos enfermos le miraban con gesto de agradecimiento y otros con el silencio terrible del rencor y la amenaza...

El ambiente se iba enrareciendo, se iba envenenando día tras día. Pero también el amor crecía. Y en el alma de Somoano iba surgiendo, de modo irrefrenable, un deseo...

* * *

Se vivía, como apunta sor María Casado, en medio de un "clima difícil, agitado por algunos elementos muy revolucionarios. Y los alrededores del Hospital no eran nada seguros. Cuando pasábamos por La Ventilla nos insultaban y nos amenazaban".

En los meses siguientes la situación política y social se fue deteriorando y las manifestaciones litúrgicas de carácter público se volvieron cada vez más peligrosas. En Alcalá se celebró, como de costumbre, la procesión de las Santas Formas, que tantos recuerdos de adolescencia y juventud evocaban en Somoano. Pero aquel año -recuerda Luis Madrona- "no se hizo formación de tropas, ni asistieron las brillantes y numerosas comitivas, ni se engalanaron las casas, ni las campanas sonaron, y la comitiva, temerosa de algún desmán, hizo el recorrido, no con el acompasado ritmo de las procesiones, sino con la intranquilidad y el vértigo de las huidas".

Pasó el tiempo. Pero Somoano no lograba olvidar. El recuerdo drámatico de aquellos incendios de mayo no se desvanecía en su alma. Seguía con el corazón desgarrado por aquellas profanaciones, aquellos sacrilegios, aquellos insultos, aquellos gritos, aquel rencor, aquel odio...