Capellán de la Enfermería

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

También José María Somoano había comenzado un nuevo capítulo de su vida. Mes y medio antes de la proclamación de la República se había hecho realidad uno de sus grandes sueños: trabajar con los enfermos. Desde el pasado 1 de marzo era capellán de la Enfermería Victoria Eugenia, situada en uno de los pabellones del Hospital del Rey.

Era un trabajo muy gratificante desde el punto de vista espiritual y muy poco gratificado desde el material, pero Somoano no había aceptado aquel cargo por dinero, sino por las grandes perspectivas apostólicas que le ofrecía aquella Enfermería, creada con el deseo de paliar la triste situación sanitaria en la que se encontraba el país. Hasta entonces los que tenían la desgracia de contraer una enfermedad contagiosa eran internados en hospitales no especializados, junto al resto de los pacientes, con el consiguiente riesgo de infección.

Aunque las instalaciones de la Enfermería eran modernas y buenas, el entorno no era demasiado reconfortante: el hospital estaba enclavado al norte de La Ventilla, en medio de un secarral, en un paisaje triste "de Castilla la pobre -escribiría el doctor Torres- la más pobre de todas las Castillas, donde ni los conejos hacían madrigueras".

Cerca del hospital había un inmenso basurero, donde se congregaban todas las basuras de la ciudad, acarreadas por los burros de un pequeño ejército de traperos que moraban por los alrededores. "En medio de aquellos escombros -recuerda Vicente Elvira, un joven sacerdote, capellán del convento de las Hospitalarias, que estaba relativamente cercano- malvivían familias enteras, en una situación de indigencia y suciedad difícilmente imaginable. Chabolas, tinglados, casas de latas...".

Esas casuchas miserables, recuerda el doctor Torres, eran "una continuación del estercolero y del corral de las gallinas y los cerdos. Más de una vez recuerdo haber visto en el interior de la vivienda los pollos y las gallinas en promiscuidad con los habitantes de la casa".

No resultaba fácil llegar hasta el hospital desde el centro de Madrid, que quedaba a unos siete kilómetros. Allí vivían sus hermanos Vicente y Polo: En Atocha veinticuatro / piso principal derecha / de esa villa ex-coronada / hoy República de izquierdas, como escribía su padre con buen humor.Para llegar hasta allí no había más remedio que tomar la Maquinilla, un modesto ferrocarril de vía estrecha que avanzaba lenta y dificultosamente por aquellos andurriales entre humaredas y pitidos, transportando piedras para el adoquinado en sus tres primeros vagones y sufridos pasajeros en el cuarto. Aquel cacharro desvencijado le evocaría seguramente a Somoano su querido tren de vapor de Covadonga. Los viajeros debían hacer buen acopio de paciencia antes de subir: la máquina no se daba demasiada prisa en cubrir el trayecto, y les obsequiaba, desde Cuatro Caminos a Fuencarral, con todo tipo de frenazos, chirridos, parones y balanceos...

Pero, en fin, eso era lo que había. Y afortunadamente, el hospital, que había abierto sus puertas a los dos primeros enfermos el 29 de enero de 1925 con un presupuesto modesto, gozaba ya, en marzo de 1931, cuando llegó Somoano, de merecida fama por su plantel de médicos, a cuyo frente estaba el famoso doctor Tapia.

Vivía en el hospital una comunidad de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que daban al recinto una particular fisonomía con sus cofias de grandes alas blancas, su collete y su hábito de larga falda, del que pendía un rosarión con un crucifijo de madera. La Superiora, sor Engracia Echevarría, era una mujer navarra de 49 años -"bajita, vivaracha, muy inteligente y decidida, con el acento y la fortaleza de las gentes de su tierra"- que recibió al nuevo capellán con su simpatía y energía características. Poco a poco, con el paso del tiempo, fue conociendo Somoano al resto de las religiosas: sor Trinidad, que procedía del Valle del Baztán; sor María Jesús Sanz; navarra también, de veinte años, que trabajaba en la cocina y los almacenes; sor Isabel Martín, una salmantina de 26 años; sor María Galparsoro; sor María Casado, recién salida del noviciado; otra jovencita, sor Alejandrina Ezcutari...

No eran tiempos fáciles para el hospital, aunque ya se habían superado aquellos primeros años que sor Engracia calificaba de heroicos, en los que estaba todo por organizar.

"No había un tratamiento claro para la tuberculosis -recuerda sor María Casado- y se confiaba mucho en lo que llamaban curas de aire. Al mediodía, después de comer, hiciera frío o calor, sacaban a los enfermos a reposar al aire libre, durante dos horas, y estaban siempre con las ventanas abiertas...

Sin embargo, a pesar de los cuidados de los médicos, muchos fallecían al poco tiempo. Y gracias a Dios, los que estaban algo alejados de la fe, durante aquellos meses en el hospital, reflexionaban, comenzaban a rezar, y se iban acercando al Señor... ¡Cuantas muertes edificantes he presenciado!

En cuanto alguno enfermaba de gravedad, llamábamos a don José María Somoano, nuestro capellán, y procurábamos acompañarle en todo momento, para darle consuelo y confianza en el Señor; y... ¡palpábamos tantas veces la gracia de Dios! ¡Cuántas veces rezamos durante aquellos años, junto a la cama de los enfermos moribundos, las recomendaciones del alma, las letanías de los santos y las oraciones para la aceptación de la muerte!".