Comienzos

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El rugido al que aludía don Vicente era la expresión literaria de la preocupante situación social de España, en la que crecía de modo vertiginoso la animadversión contra la Iglesia, la repulsa ante la religión y el odio hacia Dios.

Un ejemplo entre muchos: en aquel noviembre de 1930 uno de los oradores de La Liga Laica proclamaba a voz en grito en la Casa del Pueblo de Madrid: "Mientras no os enteréis de que habéis extirpado la influencia del catolicismo, vuestro país no habrá hecho la verdadera revolución espiritual... Ayer podíamos decir: a defendernos. Hoy hay que gritar: atacar".

Atacar: no era una expresión retórica. Pronto se comprobaría el alcance de la frase. Desde luego, no parecía la ocasión más propicia para comenzar una fundación; y mucho menos para abrir aquel camino de santidad que Dios había confiado a don Josemaría. Pero a Dios le gusta escribir recto sobre renglones torcidos.

Don Josemaría seguía buscando personas que pudieran entenderle y que le ayudaran a abrir aquel camino de santidad. Entabló amistad con gentes de todas las profesiones y oficios; y entre ellos, muchos sacerdotes. Asunción Muñoz, que era maestra de novicias del Noviciado de las Damas Apostólicas de Chamartín, recuerda que "don Josemaría venía muchos domingos a vernos. Teníamos la casa-noviciado en el Paseo de la Habana de Madrid y había allí un campo muy grande con una huerta hermosa. El venía con otro sacerdote, don Norberto Rodríguez García, que también ayudaba en la capellanía del Patronato de Enfermos. Era un sacerdote mayor y enfermo que vivía en lo que fue Patronato antiguo.

Yo creo que don Josemaría le llevaba para poder ayudarle: para que se sintiera útil y apreciado. Hablaba con él y le hacía pasar un buen rato".

Don Josemaría había conocido a don Norberto en el Patronato, donde era Capellán primero. Allí trabó amistad también con don Lino Vea-Murguía. "Don Josemaría Escrivá -comenta Herrero Fontana- tenía un gran afecto por don Lino, que era, más o menos, de su misma edad: le recuerdo activo, dinámico, muy apostólico, con un gran carácter... Y al mismo tiempo con un gran corazón y con mucha simpatía".

El Fundador compartió con estos sacerdotes muchas tareas apostólicas y las visitas a pobres y enfermos; y pronto les hizo partícipes de sus afanes fundacionales.