Malos presagios

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Aquel fue un verano apacible, en el que la construcción de la iglesia constituía, como de costumbre, tema obligado en las tertulias de los parragueses. ¡Dios mío! —se preguntaban— ¿Pero es que vamos a ver acabada esta iglesia algún día? Porque allí seguía la torre, mirando al cielo desde sus escasos siete metros, como implorando la lluvia de dinero que necesitaba para remontarse a las alturas. Lluvia de dinero y... de entusiasmo, elementos de los cuales el párroco, don Rafael Alvarez, tuvo que hacer buen acopio cuando reemprendió las obras al acabar aquel verano, a primeros de octubre de 1930.

Durante esas fechas Somoano ya estaba de nuevo en la capital. "A su vuelta a Madrid —cuenta Leopoldo—, siguió absolutamente dedicado a aquellos chicos. Se entregaba a ellos con toda el alma, dedicando a aquel trabajo sus mejores energías. Nosotros procurábamos que descansase, pero él tenía como norma de conducta, por ejemplo, no asistir a espectáculos de ningún tipo. Era muy sacerdotal en todo lo que hacía. Sólo algún domingo conseguimos que nos acompañara a un campo que había en la carretera de Chamartín, para ver a los futbolistas famosos del Real Madrid Club de Foot-ball. Jugaban en un campo de tierra, protegido por vallas de madera. Eran los tiempos gloriosos de Quesada, Uribe, Urquizo y Gaspar Rubio, al que llamaban el mago del balón; y ya existía cierta rivalidad con el Barcelona, que habían conseguido dos años antes el Campeonato de Copa...".

Pocos datos más poseemos de aquel periodo, salvo una carta a Luz, Carmina y Julio, que se habían trasladado a Santoña, para acompañar a Luz, que trabajaba como profesora. Qué queredes que vos digamos? —les escribía José María, en clave de humor, imitando al bable- Per equí fai friu y bastante, la xente comenta coses de la gripe que per equi ya pasó, y de Berenguer que ye otra gripe —per gripe— y ni con aspirina para nin le podemos echar. ¿Qui vos vamos dicir? Qui los tres estamos bien de salud y contentos.

Durante las Navidades estuvo de nuevo en Arriondas. "Esperábamos su llegada -recuerda Cristina- con especial ilusión. Tengo su imagen grabada, bajando del tren: tan alegre, tan joven, con aquella sonrisa afable, con el pelo muy negro, los ojos azules y aquella mirada, honda, profunda, muy viril y al mismo tiempo muy dulce..."

En la cena de Nochebuena, como de costumbre, don Vicente se levantó, y les leyó el poema que había compuesto:

Esposa e hijos caros, vamos a Belén
y allí honremos todos al Dios de Israel
que al mundo ha venido par nuestro bien:
Salud, bello Infante, gloria del Edén,
hijo de Dios Padre, de los Reyes Rey...

Era uno de los momentos más entrañables del año... Sin embargo, en aquella ocasión, don Vicente concluyó el poema con un presagio sombrío:

Maestro del mundo, del orbe sostén
cuida de estos niños, dirige tu grey
y oye nuestro ruego, pues ruge Luzbel....