Unos Ejercicios en Gijón

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

En verano de 1930, como de costumbre, estuvo en Arriondas. Pero aquellas semanas en su pueblo no se podían denominar propiamente vacaciones. "El párroco —cuenta Rafael— que se llamaba Rafael Alvarez García, y era muy celoso, competente y ejemplar, aprovechaba la estancia de José María para tomarse unos días de legítimo descanso y dejaba en sus manos las labores de la parroquia aproximadamente durante un mes. Otro, en su lugar, hubiese rehusado, quizá, aquel encargo pastoral que no le correspondía; y más en su periodo de vacaciones; pero José María no decía jamás que no a algo que fuese en servicio de Dios; tenía un gran celo sacerdotal y nos comentaba que agradecía las orientaciones que le daba el párroco, porque le ayudaban mucho a la hora de tratar a los feligreses.

Durante ese tiempo se desvivía por todos, especialmente por los enfermos. Había una señora de Santianes, un pueblo de la parroquia, que estaba muy grave y José María iba todos los días a verla. Tenía que andar un rato, y atravesar el río en barca, porque no había puente, pero la atendió abnegadamente hasta que falleció. Y en la confesión era muy solicitado, porque era comprensivo, bondadoso, padre, generoso... Yo era un muchacho, pero me acuerdo perfectamente que un día, al salir de la iglesia, se me acercó una señora, muy alegre y muy locuaz, que me dijo: "Estoy contentísima. Acabo de confesarme con tu hermano y he quedado felicísima".

Y atraía por su piedad. A mí me conmovía ver el amor con que celebraba la Santa Misa".

Durante el mes de agosto aprovechó la cercanía de Gijón para hacer ejercicios en el Colegio de la Inmaculada de aquella ciudad, desde el 3 al 10 de agosto. Es muy posible que procedan de aquel retiro algunas de estas consideraciones, escritas en un minúsculo cuaderno de notas. En ellas puso de manifiesto la necesidad que tiene el sacerdote —y en general, cualquier cristiano que luche por la santidad— de cuidar en primer lugar su propia vida interior: "quien por cualquier trabajo extraordinario, u ocupaciones, -anotó- deja la meditación, la lectura o el examen, (...) es un tibio"; "el mejor medio —escribió poco después— que tiene un sacerdote para conservarse santo es confesarse semanalmente siempre, no dejándolo por nada".