Los golfos

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

¿Quiénes eran los golfos? No eran mendigos, ni delincuentes, ni vagos propiamente dichos, aunque hubiera de todo en aquella curiosa cofradía madrileña, tan semejante a la cervantina de Rinconete y Cortadillo. Se les llamaba niños del arroyo; y eran chicuelos abandonados de seis a catorce años, que se dedicaban a las tareas más peregrinas para sobrevivir: unos recogían colillas del suelo y las vendían; otros transportaban maletas en la estación, tocaban el organillo en las plazas o movían el manubrio en los tostaderos de los cafés; otros hacían de limpiabotas o buscaban espoletas perdidas por los campos de tiro. Vivían de las sobras de comida de los cuarteles, conventos, fondas y asilos; viajaban en las garitas de los guardafrenos o en los techos de los vagones; y dormían habitualmente donde les sorprendiera la noche: bajo los soportales de las plazas, en covachas, en chabolas fabricadas con cartones o en los pórticos de las iglesias.

Eran el triste fruto de la miseria de una sociedad que contempló el 28 de enero de 1930 el derrumbamiento de la Dictadura de Primo de Rivera, en medio de una grave crisis política y social. Si Primo nos abandona -se preguntaba don Vicente Somoano en uno de sus poemas- ¿Quién nos vendrá a gobernar / volvemos al gorro frigio / los comunistas quizás (...)?.

La inestabilidad general afectaba especialmente a aquellos golfillos, considerados por algunos como desechos de la sociedad. En muchas ocasiones aquellos ladronzuelos de apodos castizos -el Choto, el Bronquista, el Colilla, el Chato, el Pintamonas- no eran más que unos pobres niños explotados, maltratados, olvidados de todos; y no es de sorprender que cuando no encontraban un oficio como matarife, monosabio o corneta del Ejército, acabaran chapoteando en el mundo del hampa y se convirtieran, con frecuencia, en carne de presidio...

En los talleres del Asilo les enseñaban —como deseaba el Padre Méndez— trabajos manuales de ebanistería, imprenta, carpintería o broncería ...a los que querían, porque muchos desaparecían de pronto, saltando la tapia -era la costumbre- aunque podían irse libremente por la puerta principal... Somoano se desvivía por ellos y hacía todo lo posible por ayudarles humana y espiritualmente, acercándolos a los sacramentos y promoviendo actividades que hoy calificaríamos de integración social. Cuenta Enriqueta Somoano que, en cierta ocasión, su hermano invitó a los niños de un colegio de postín a que fueran a jugar con aquellos chicos. Los sacerdotes de aquel colegio accedieron -comenta Enriqueta- , movidos por la misma buena intención que le movía a él: un acercamiento de las clases sociales entonces tan distanciadas". Pero en cuanto empezaron a jugar a la pelota, los golfillos protagonizaron un altercado, con patadas, gritos e insultos, "que puso de relieve la falta de la más elemental educación en los pobres asilados". Y al marchar, le dijo el sacerdote del Colegio que iba con los otros niños:

—Ya veo que no es posible que estos niños vengan a jugar con los golfos.

"Aunque se lo dijo confidencialmente -recuerda Enriqueta- ¡cuánto le dolió! Porque los golfillos no tendrían educación, pero tenían corazón e inteligencia".

Prueba de ese corazón y de esa inteligencia fue el poema que le compusieron con motivo de su santo, el 19 de marzo de 1930. Estaba escrito en un papel que imitaba a los antiguos pergaminos y redactado con el estilo neorromántico al uso:

Recibe, Padre amado
la ofrenda del amor,
que cual panal libado
entre escogida flor,
todos hemos labrado
para ofrecerte el don,
y, si es que su fragancia
no embriaga el corazón
dice con abundancia
lo que los golfos son.

"La labor apostólica con aquellos chicos —recuerda Leopoldo Somoano— era especialmente dura, porque la mayoría se habían criado en la calle, abandonados de todos. Recuerdo que uno de ellos escribía a su madre: `Ayer me acordé de que era tu santo y cogí un tablón —es decir, una borrachera—, para celebrarlo...'

No era una tarea fácil ni grata: como en tiempos del Padre Méndez, seguían escapándose, durante el verano, para robar fruta; y durante el invierno, para alborotar por los carnavales y verbenas... Luego volvían cabizbajos, con cara de falso arrepentimiento... para volverse a escapar pocos días después. Y eso, en el mejor de los casos, porque había algunos que desaparecían definitivamente sin previo aviso... A pesar de todo, mi hermano hablaba de ellos con cariño y se alegraba porque un porcentaje importante encontraba trabajo y llevaba una vida normal".

"Al final de aquel primer año en el asilo —recuerda Cristina—, en el verano del 29, volvió como de costumbre a casa. ¡Cómo disfrutaba con nosotros! Sacaba a pasear a Maximín, que tenía siete años, y se reía mucho con Víctor, que ya tenía once, y estaba aprendiendo a silbar como los pastores, poniendo unas caras muy raras... Y nos trajo un cuadro muy bonito de la Virgen de Covadonga, con un fondo color canela...".

"Sí; disfrutaba mucho con nosotros —comenta Víctor— pero una casa con tantos hermanos es una prueba para el genio de cualquiera. José María tenía un carácter fuerte y simpático, lleno de energía, que le venía muy bien para tratar a los chicos del Asilo, y que fue templando cada vez más, con el paso de los años. Pero en una ocasión le hicimos una barrabasada —no recuerdo cual— y sacó a relucir su genio más de la cuenta. Entonces —cosa rarísima— mi madre se vio obligada a corregirle:

—¡José María! —le dijo— ¡Que aquí no estás con tus golfillos del Asilo!

Se quedó callado. Rectificó al momento, porque era muy humilde, y nunca se me olvidará la cara que puso, con los ojos llorosos, por la pena que le dio haber contristado a mi madre...".

* * *

A comienzos del nuevo curso experimentó una gran alegría: su hermano Rafael, que había decidido ser sacerdote durante su primera Misa, ingresó el 5 de octubre en el Seminario de Valdediós. Dentro de pocos años, Dios mediante, ya serían dos sacerdotes en la familia....