En el Porta-Coeli

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Por un curioso azar —más bien, por una de esas casualidades con las que la Providencia va entretejiendo la vida humana- ahora era él, precisamente él, el nuevo capellán del Porta Coeli, aquel Asilo de golfillos fundado por el padre Méndez, a quien don Daniel García Hughes, su profesor de Historia Eclesiástica, consideraba un santo y cuya figura le había impresionado tanto desde sus años de Seminario.

Desde que don Daniel hizo aquellos comentarios en clase, se había fijado especialmente en aquel anciano canónigo, cada vez que le veía entrar y salir de la catedral; se había informado sobre sus fundaciones; tras su muerte, el 1 de abril de 1924, había venido a ver la habitación pobrísima en la que vivía, donde atendía "a los chicos, muchos llenos de miseria, niños que primero buscaba y de quien se hacía acompañar, como si fuera los que más le honraban".

Poco después, las religiosas que atendían el asilo -el Padre Méndez no había encontrado hombres que se hicieran cargo de aquella labor-, pidieron a Somoano que hablase con los testigos de su vida y revisase los escritos y cartas del Fundador, para dárselas a don Daniel, que estaba recogiendo material para su biografía, con vistas al proceso de Canonización. Aquellas notas, escritas en papeles viejos y usados, conmovieron hondamente su alma de sacerdote joven. "Lo más difícil para mí —había escrito el Padre Méndez— cuando trato de emprender una obra es saber si Dios quiere que la haga. Una vez convencido de esto, ya tengo las dificultades solucionadas; porque no puede Dios llamarme a hacer una obra sin darme los medios necesarios".