Abril de 1929

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"Hambriento de oxígeno y aire puro, y harto de la atmósfera axfisiante que se respira en el centro de este Madrid que exhibe tantas cosas contradictorias, bajando por la calle de Alcalá, sentado en la butaca de un tranvía, pensaba con fruición en el paseíto soleado del Retiro en perspectiva, cuando me distraen de mis cavileos unos cuantos jóvenes spormans, que viajan en la plataforma. ¡Hablan de la Cuaresma!"

Salvo las visitas a los hospitales, las excursiones por la Casa de Campo o los paseítos soleados por el parque del Retiro a los que aludía años antes en su composición académica sobre la Cuaresma, poco había callejeado Somoano por las calles de la Villa y Corte durante sus años de seminarista. Ahora, al dejar los pueblos de la sierra por un nuevo destino en la capital de España, tendría ocasión de conocer a fondo aquel Madrid sorprendente que rozaba el millón de habitantes; o más bien, los madriles, porque había varios: un Madrid aristocrático y elegante que se pavoneaba con sus canotiers bajo las alamedas del Retiro; un Madrid histórico que evocaba junto a los muros de palacio las glorias pasadas de Austrias y Borbones; y varios madriles populares y bullangueros, como el del barrio de Chamberí —a donde se dirigía Somoano, con su maleta, aquel día de abril de 1929—, con casas de ladrillo rojo y escayola sucia, y calles atestadas de coches, tranvías y taxis de franja azul, amarilla o verde.

En aquel barrio de Chamberí, con baruchos en los que servían todavía un café con leche a treinta céntimos, hervía el Madrid castizo y zarzuelero, invadido a todas horas por lañadores, colchoneros, afiladores, traperos, fumistas, botijeros, vareadores de la lana y de la borra, vendedores de miel de la Alcarria, paragüeros y un larguísimo etcétera, y tal número de pobres que un político de la época llegó a escribir: "El paseante, si no mendiga, parece un intruso en ese vasto coto de la hermandad de la roña: los dueños son los pobres, y en cuanto llegado el estío se marchan de Madrid las dos docenas de familias a quien su fabulosa fortuna les permite no vivir de limosna, la capital queda por suya. Madrid es un asilo suelto".

El político exageraba, pero no demasiado, como pudo comprobar José María Somoano nada más traspasar el umbral de la puerta nº 25 de aquel edificio modesto de una sola planta, con una larga fachada de ladrillo de la calle García de Paredes.