Bendito sea el dolor

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Una muchedumbre doliente esperaba la muerte en aquellos lugares con una historia triste y penosa, muchas veces, a sus espaldas. Había una enferma que había pertenecido a una de las familias más aristocráticas de España. "Me la encontré ya podrida -contaba don Josemaría-; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar.

Un día hube de administrarle la Extremaunción (...). Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor!

Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho".

En otra de esas visitas, tiempo atrás, unos enfermos de la barriada le dijeron a don Josemaría que el hermano de una mujer que vivía en una casa de prostitución estaba muriéndose de tuberculosis.

¿Qué hacer? Sabía que el simple hecho de que un sacerdote joven entrase en un sitio semejante vestido de sotana, era exponerse a todo tipo de calumnias y habladurías.

Decidió tomar todas las medidas de prudencia. Acudió al Vicario General de la diócesis, don Francisco Morán, que le dio permiso para atender espiritualmente al enfermo en aquellas circunstancias; y le pidió a un amigo suyo, don Alejandro Guzmán, hermanastro de la Condesa de Vallellano, persona muy conocida en Madrid, honrado y buen cristiano, que le acompañase. De ese modo se evitaría cualquier posible escándalo. Al llegar al lugar en compañía de don Alejandro, habló con la mujer que regentaba aquel triste negocio y le dijo:

-Quiero que este hombre muera con los Santos Sacramentos; así que he pedido permiso al vicario General para atenderle. Volveré mañana, pero les pido un favor: que, por amor de Dios, no se ofenda mañana al Señor en esta casa.

La mujer se lo prometió, y al día siguiente, don Josemaría se encaminó hacia allá, con los Santos Oleos, y el Santísimo Sacramento sobre el pecho. Le acompañaba don Alejandro envuelto en una capa negra, a la usanza madrileña. Don Josemaría había conseguido algunas medicinas, porque sabía que aquel pobre hombre no tenía dinero para comprarlas. Le confesó y después de prepararle, le administró la Extremaunción y el Viático. Y estuvo a su lado, rezando jaculatorias junto a su oído, hasta que falleció.

En otra ocasión se encontró con un chico joven agonizante, de veinte o veintiún años, postrado en el camastro de un cuchitril miserable. "Le administré los sacramentos -recordaba don Josemaría-, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: ¡te tengo envidia! Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba".

"Era un trabajo durísimo y muy desagradecido -comentaba José Romeo, uno de los estudiantes que le acompañaban-. El ambiente anticatólico lo invadía todo y muchos enfermos nos insultaban. Nos ocupábamos de arreglarles el cabello, afeitarles, cortarles las uñas, les lavábamos y les limpiábamos las escupideras. Daba un asco horrible. Ibamos los domingos por la tarde y salíamos con náuseas."

* * *

"De modo -recordaría el Fundador- que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios, en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas... Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta".

Sin embargo, poco a poco, Dios le fue haciendo ver por la vía de la experiencia que, aunque tratara apostólicamente a personas de todas las condiciones sociales, sin exclusivismos de ningún tipo, en aquellos comienzos debía centrarse especialmente en el trato de los universitarios; es decir, en personas que, por su juventud y sus cualidades personales, pudieran formar un primer núcleo de crecimiento en el que se apoyara luego toda la amplitud de la labor.

Comenzó, como siempre, como pudo: en casa de su madre. Sin medios materiales ni humanos: los que estaban a su lado podían contarse con los dedos. Sin embargo, confiaba en Dios y seguía soñando con la labor apostólica de los miembros del Opus Dei dilatada por todos los países del mundo, extendida a lo largo y a lo ancho de toda la tierra, en servicio de la Iglesia; en las grandes estepas americanas, en las antiguas ciudades europeas, por las islas de Asia, en las llanuras de Africa y en el lejanísimo y exótico Japón...