Los Hospitales

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Además de impartir clases en la Academia Cicuéndez, visitar a los enfermos, dar catequesis a los alumnos de las escuelas de las Damas Apostólicas, atender el culto de la iglesia de Santa Engracia, y ocuparse de los pobres que iban al comedor de Caridad de aquella casa, don Josemaría Escrivá trataba apostólicamente a un buen número de personas de variadas profesiones. "Era un amigo y un santo sacerdote", confirma Asunción Muñoz, que recuerda: "Dentro de su enorme actividad diaria, don Josemaría no parecía tener prisa. Lo hacía todo con sencillez y con paz".

Sin embargo llegó un momento en que le resultó imposible llegar a todo, y en el otoño de 1931, dejó la Capellanía del Patronato de Enfermos para ocuparse de la del Patronato de Santa Isabel. Pero siguió poniendo aquellos cimientos espirituales que Dios quería para su Obra, atendiendo a muchos enfermos, a partir de entonces especialmente en los hospitales de Madrid.

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Tiempo después recordaría aquellos primeros años en los que sólo contaba con la gracia de Dios, buen humor y nada más. No poseía virtudes, ni dinero. Y debía de hacer el Opus Dei... Y explicaba cómo pudo hacerse todo aquello: "Por los hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas. Aquel Hospital del Rey, donde no había más que tuberculosos, y entonces la tuberculosis no se curaba... ¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ese fue el tesoro para pagar! ¡Y ésa fue la fuerza para ir adelante!".

Iba a varios hospitales de Madrid: al Hospital General de la Diputación Provincial, que estaba en la calle de Santa Isabel, muy cerca del Patronato; al Hospital del Rey; o al de la Princesa, en la Plaza de San Bernardo, donde los enfermos -unos 2000- se alojaban en salas enormes de doscientas y a veces trescientas camas, tan apretadas que sólo había espacio entre ellas para una minúscula mesilla de noche o una silla. Eran gentes muy pobres y necesitadas, atendidas gratuitamente por la Beneficencia. El doctor Canales Maeso, que conoció al Fundador algún tiempo después, recordaba que a los enfermos "les gustaba hablar con él porque atraía. Tenía algo especial difícil de definir"

Fueron años de trabajo incesante, de fatiga, de cansancio constantemente vencido, pero agobiante, que recordaría tiempo después con sentido del humor: "Sabéis lo que hacía yo durante una época -hace años, apenas cumplidos los treinta- en la que me encontraba tan fatigado que apenas conciliaba el sueño? Pues, al levantarme, me decía: antes de comer dormirás un poco. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: Josemaría, te he engañado otra vez".