El Patronato de Enfermos

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Don Josemaría Escrivá conocía muy de cerca ese dolor. Poco después de llegar a Madrid, en abril de 1927, se había instalado en una residencia para sacerdotes enclavada en la calle Larra, dirigida por María Munitiz, una Dama Apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, congregación religiosa que la Santa Sede había aprobado aquel mismo año. El 1 de junio había comenzado a trabajar como Capellán del Patronato de Enfermos que dirigían esas religiosas. Y aunque era sólo Capellán de la Iglesia del Patronato, buscó sacerdotes diocesanos que colaborasen en la atención espiritual de los enfermos por los barrios más pobres de Madrid, y de los niños que iban a las escuelas. El anterior Capellán había sido don Lino Vea-Murguía, el gran amigo de Somoano, que había dejado la capellanía para hacer el servicio militar.

A Margarita Alvarado, que trabajaba durante aquel tiempo como auxiliar de las Damas Apostólicas, le impresionó profundamente la personalidad de aquel sacerdote joven que iba a visitar y a confesar a los necesitados de los distintos barrios de Madrid, especialmente de Vallecas, de Ventas y Tetuán de las Victorias. "Les llevaba la Sagrada Comunión los jueves, en un coche que prestaban a doña Luz Casanova. Los otros días iba en tranvía o andando, como pudiera".

Como pudiera: la expresión está cargada de contenido. Porque no era fácil llegar a aquellos barrios extremos, hoy incorporados a Madrid: Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Almenara... Algunos de aquellos barrios estaban muy alejados de la última boca del Metro o de las calles transitables de la capital: eran, más que barrios, poblados de chabolas, un triste racimo de tugurios insalubres o barracas, cuando no de covachas malolientes. Otras veces don Josemaría atendía a los enfermos en las famosas corralas madrileñas, casas de vecinos relativamente céntricas, donde se hermanaban promiscuamente la suciedad, el hacinamiento y la más triste de las miserias. El joven Fundador del Opus Dei consumió muchos años de su juventud en aquellos callejones de Latina, El Lucero, Lavapiés, San Millán, Rivera del Manzanares, Bellas Vistas, Arganzuela, Usera...

Fueron años amasados en el sacrificio, el dolor y la esperanza. Iba en tranvía, a pie, como pudiera, entre el barro, el polvo, bajo la lluvia, sorteando los reguerones de inmundicia, con los zapatos rotos, protegiéndose las suelas agujereadas con cartones -no había para más-, haciendo oídos sordos a las amenazas y los insultos, entre el hedor y la mugre, adentrándose en lugares que muchas buenas gentes de Madrid no se atrevían a pisar.

En este ambiente -recuerda una religiosa, Asunción Muñoz- "se nos hizo imprescindible nuestro Capellán (...). Yo era la más joven de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche (...). Nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor (...). ¡Cuántas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y él iba todas las tardes a ver a alguno de ellos, puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón".

Día tras día, año tras año, desde 1927 hasta 1931, fueron sucediéndose las notas del Patronato: Muy estimado y respetable D. José. Tenga la caridad de ir a Josefa González -Amor Hermoso 63, que está pasado el puente de la Princesa barrio de Usera, es todo seguido a mano izquierda.

Agradeceré a D. José María que esta tarde esté V. en Costanilla (donde se da la misión) a las siete menos cuarto de la tarde para confesar a los obreros.

Le agradecería que esta tarde confesase a Amalia Aviceta Embajadores 98 es bailarina casada que no quería confesar y se la ha convencido y es urgente para hoy.

Mucho le agradeceré que vaya a...

"Ahora es difícil encontrar nada así -explica Juan Jiménez Vargas, uno de los primeros miembros del Opus Dei-. Aquello era la pura miseria. Los que vivían en aquellos lugares iban sucios, desharrapados, malolientes... En la actualidad, todos esos barrios se han integrado en Madrid. Por ejemplo, Arapiles es ahora un conjunto de casas modernas y recientes, pero entonces era un puñado de chabolas...".

No resultaba fácil durante aquellos años para un sacerdote llevar a cabo aquella labor caritativa; y más en aquellos lugares. Eran tiempos de gran crispación social y furia antirreligiosa. Los jueves les llevaba la Comunión en un coche prestado. Pero el resto de los días, como pudiera. Entre recelos. Entre insultos. A veces, entre pedradas. Y eso, en el mejor de los casos. Recuerda Margarita Alvarado que varios años después, en el barrio de Tetuán, las arrastraron por la calle, mientras les clavaban una lanceta de zapatero en la cabeza. "Una de ellas, Amparo de Miguel, trató de defender heroicamente a las demás y le arrancaron el cuero cabelludo y la maltrataron hasta dejarla desfigurada".

"El Capellán del Patronato de Enfermos -recuerda Asunción Muñoz-, era el que cuidaba los actos de culto de la Casa: decía Misa diariamente, hacía la exposición del Santísimo y dirigía el rezo del Rosario. No tenía, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados -del Madrid de entonces. Sin embargo, don Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como Capellán, para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente, a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal. De esta manera, cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los Sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría con la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento (...).

En nuestra casa de Santa Engracia de Madrid (Patronato de Enfermos), teníamos que quitar la mampara que aislaba la Capilla y comedor, para dar cabida a los acogidos a nuestra asistencia que bajaban a la Santa Misa. Don Josemaría les hablaba allí a todos nuestros pobres. Y no sólo después de la Santa Misa, sino también en el comedor, dialogando con viejos y con niños, con todos. Les hablaba sencillamente de la doctrina cristiana. Y se ocupaba de sus problemas, de las cosas que había en el interior de cada uno".