Los cimientos

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

No le resultó sencillo trasmitir a los que le rodeaban aquellas enseñanzas tan sencillas y tan profundas al mismo tiempo. Sufrió en su propia carne aquello de lo que hablaba un conocido escritor español veinte años atrás: "Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que sólo es sabedor el que la tiene y no puede a los demás hacerles creer en él: la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios, que dice: tienes que hacer esto, mientras no les dice a los demás: este mi hijo que aquí veis tiene esto que hacer. Cosa terrible haber oído: haz eso; haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley general que os rige, estimarán desvarío o quebrantamiento de la ley misma; hazlo porque la ley suprema soy Yo, que te lo ordeno".

Sí; desde un punto de vista meramente humano, aquello era terrible. Muy pocos -casi nadie- le comprendían. Pero sabía que Dios lo quería; y vivía de fe y esperanza. Todo lo puedo -concluía, lleno de confianza- en Aquel que me conforta.

Por eso, no le importaba que le llamasen loco. Le daba igual que algunos le mirasen con esa mezcla de risa y compasión con la que miraban los vecinos de Arriondas al bueno de Mambuxu. Dios haría la Obra, porque era suya.

¿Qué perseguía? A comienzo de los años treinta señaló los fines del Opus Dei: Que Cristo reine, con efectivo reinado en la sociedad. ¿Su objetivo?: buscar toda la gloria de Dios; Santificarse y salvar almas.

Pero, ¿cómo podría salvarse aquella desproporción abrumadora entre los fines que Dios le pedía y los pobres medios con los que contaba? Era un sacerdote joven, que no había cumplido aún los treinta años, sin medios... Su razonamiento obedecía a una lógica estrictamente sobrenatural, nacida de la fe y de la esperanza, incomprensible desde el punto de vista humano: ¿Tenía que alcanzar esos fines sobrenaturales? Entonces -concluyó- tenía que poner, fundamentalmente, medios sobrenaturales: oración y mortificación. ¡Esos -y no otros- debían ser los cimientos de la Obra de Dios!

¿Cual era la oración, la mortificación que más agradaba a Dios? La de los enfermos desahuciados, la que nace empapada en los sufrimientos de los más desamparados, la oración ingenua y confiada de los niños... Entonces,esa oración, esa pena, esa enfermedad ofrecida a Dios: ¡ésa sería la base, el cimiento sólido del Opus Dei!