A todos

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

¿Qué locuras enseñaba aquel joven Fundador que preparaba el doctorado en Derecho mientras daba clases para mantener a su familia en la Academia Cicuéndez, y que no había cumplido aún, al igual que Somoano, los treinta años de edad? Una de ellas -que para algunos rozaba la herejía- era que Dios llamaba a todos, a todos sin excepción, a la santidad. Simples cristianos -había escrito-. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!.

¿Todos santos? ¿Cómo era posible?, se preguntaban al oírle. Y el Fundador explicaba un concepto que sonaba a nuevo en los oídos de muchos de sus contemporáneos, aunque tenía raíces evangélicas: la santificación del trabajo. Había que unir -enseñaba- "el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es este un ideal noble y grande -se preguntaba don Josemaría-, por el que vale la pena dar la vida?".

Sí, era un ideal noble y grande, que duda cabía... pero, la santidad... ¿un ideal para todos?

Sí, para todos, repetía don Josemaría: para los sabios de levita y anteojos que peroraban entre el esplendor decimonónico de las Reales Academias, para los políticos, los artistas, los comerciantes, los grandes empresarios y los escritores de grandes mostachos que deambulaban por los pasillos de los Ateneos; para los médicos, los abogados, los arquitectos y los farmacéuticos que fabricaban sus pócimas con mortero y redoma en la paz de la rebotica; para los maestros de pueblo y las madres de familia; para los campesinos que entraban por el Puente de Toledo cantando aires de su tierra subidos en sus grandes carretas; para los conductores de ómnibus, del metro y del tranvía, afanados todo el santo día en enganchar y volver a enganchar el trole; para los periodistas de visera y manguito; para esos locos audaces que se subían en el nuevo invento, el hidroavión, soñando emular las hazañas del Plus Ultra; y para toda aquella galería de tipos populares del Madrid castizo de los años treinta: sastres, aguadores, cigarreras, barberos de las Vistillas, obreros de alpargatas y grandes blusones de Ministriles o Lavapiés, soguillas, canteros de Colmenar, militares con y sin graduación, y guardias de la porra; para los que daban al manubrio de los organillos, y para las amas de cofia y delantales blancos que paseaban a los niños bajo los álamos del Retiro; ¡y hasta para las vendedoras que pregonaban las excelencias del pescado fresco en el mercado de la Cebada...!

Dios llamaba a todos, a todos sin excepción, a la santidad: en las academias, en el hospital, en la universidad, en el campo, con la tijera o la navaja en la mano, entre el fragor de las fábricas o tras el puesto de verduras. Y no sólo en Madrid, sino en todo el mundo, en las grandes metrópolis y las pequeñas ciudades, en los pueblos más tristes, pobres y apartados de la tierra, donde tantos sacerdotes como Somoano, intentaban denodadamente que se oyera la voz de Dios. Don Josemaría Escrivá soñaba con difundir este mensaje por los cinco continentes: Europa, América, Africa, Oceanía, Asia... ¡Japón! Hacerse santos por medio del propio trabajo, en medio del mundo: ésa era la gran locura, la herejía que enseñaba el joven Fundador del Opus Dei.

Aquel joven sacerdote soñaba. Soñaba con miles -millones- de cristianos que vivieran su fe en plenitud en todos los enclaves de la tierra, levantando la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana. Soñaba con hombres y mujeres, de los más diversos ambientes, situaciones y culturas que fueran testigos de Cristo en los cuatro puntos cardinales. Soñaba con poner a los pies de Dios el mundo de las Letras, de las Artes, de las Ciencias... Esos hombres, esas mujeres, impulsarían en servicio de la Iglesia cientos, miles de labores apostólicas: escuelas para campesinos en lugares remotos de los Andes, dispensarios para gentes humildes en las tierras olvidadas de Africa, universidades y centros culturales en los viejos países de Europa, centros de promoción humana y espiritual en los sitios más insospechados del planeta...

Sabía -tenía la certeza, lo había visto- que eso se haría realidad con gentes de todo tipo y condición, de todas las razas, de todas las profesiones, de las más variadas costumbres y mentalidades. Aquí se vuelve uno loco -exclamaba al considerar toda la maravilla que Dios quería hacer realidad en medio del mundo. No me cabe en la cabeza -concluía- la bondad de Dios.

Pero luego... miraba a su alrededor, y se veía, humanamente, sin nada. Solo. Pobre. Incomprendido. Denigrado y despreciado. No contaba con nada, ni con experiencia, ni con medios materiales: "Durante los primeros seis años de la Obra -recordaría más tarde- me encontraba casi solo. Fueron años fuertes, duros". Trataba a todo tipo de personas: "Estaba rodeado de universitarios y de obreros, de todos los ambientes". Fueron años difíciles, pero llenos de confianza en Dios.