Usted a lo suyo, señor cura

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"Verdaderamente, debió de sufrir mucho allí —corrobora Inocencio Casas—. La sierra era un sitio malo en aquella época para cualquier sacerdote, porque la vida era muy dura. Nevaba durante gran parte el invierno, y la zona era muy pobre. Y a consecuencia del abandono, muchas de las buenas gentes de aquellos lugares eran muy poco practicantes".

Don José María conoció pronto uno de los más duros compañeros de camino de los sacerdotes diocesanos: la soledad. Una soledad especialmente amarga, porque iba acompañada de la indiferencia. Aunque su mejor Compañía estaba allí, en la penumbra de aquella iglesia desierta, débilmente iluminada por la luz trémula de una lamparilla: allí, junto al Sagrario, en la Eucaristía, encontraba su fuerza. Aquél era su Amor. La razón de su vida.

"Nos comentaba en sus cartas —recuerda Leopoldo Somoano—, con pena, que muchos no querían saber nada con la iglesia. Vamos, vamos, vamos —le decían—, nosotros a lo nuestro y usted a lo suyo, señor cura.

"Lo que más le dolió -escribe Enriqueta- fue la esterilidad de sus desvelos apostólicos. Decía casi solo la misa dominical, y nada pudo hacer por llevar allí a sus feligreses. En vista de ello, rogó al Obispado que retiraran el Santísimo".

"Además —apunta Rafael Somoano— en la única casa en la que pudo instalarse, según me contó Ramón García, se vivía con cierta laxitud moral. Fueron meses muy duros. Y aquella experiencia amarga laceró ásperamente su alma sacerdotal. Puso todo esto en conocimiento de sus superiores y en abril de 1929 lo destinaron a Madrid".

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Un día de abril, hizo las maletas y se fue. Los vecinos le vieron partir, indiferentes. El Sagrario se quedó vacío. Y el pueblo se quedó entonces más solitario que nunca.