Paciencia

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Esta era su primera parroquia: unas cuantas casas desperdigadas junto al camino, y dos iglesias pobres y solitarias. Una parroquia de gentes sencillas, poco acostumbradas a frecuentar la iglesia. El primer domingo, en Misa, estaba casi solo. Era cuestión de comenzar... Pero así fueron pasando los días y los meses de aquel invierno: nieve, soledad y frío. Nadie acudía a la iglesia. Varias ancianas, envueltas en sus pañolones negros, algunos niños pequeños y poco más. Allí cumplió los veintisiete años. "Yo le recuerdo -evoca León Alvarez, vecino de un pueblo cercano- como un sacerdote joven, con mucho empuje, con mucho dinamismo".

La respuesta de sus feligreses fue tan fría como el clima, como las puertas cerradas de las casas, como las miradas ariscas de los campesinos cuando le veían pasar... Sus pasos resonaban solitarios, ausentes, con eco doloroso, en las losetas heladas de la iglesia. Allí, entre aquellos muros fríos, azotados por la nieve y el viento, pasó muchas horas de aquel invierno, solo, totalmente solo, rezando junto al Sagrario. ¡Y él, que esperaba confesar, predicar, dar catequesis...!

En marzo, con motivo de su santo, Rafael Pazos le envió una postal con una vista del Cuartel de San Diego de Alcalá:

Carísimo: sólo dos líneas que te lleven mi recuerdo en tu día y con él, mi felicitación de amigo. Deseote toda clase de gracias y bendiciones y paciencia, lo que pido al Señor por medio de tu San José. Que El me oiga y te haga cual yo deseo.

Hacía bien Pazos subrayándole la palabra paciencia. Necesitaba paciencia, y mucha, para la brega cotidiana en aquel lugar hosco y difícil. Naturalmente, no todo era malo en aquel lugar. "Aunque no había agua corriente —recuerda una vecina de San Mamés—, teníamos luz desde el año 17; pero por lo demás, todo seguía igual que siempre. La iglesia, a la entrada del pueblo, junto al álamo negro, estaba dedicada al santo Mamés, que se veía en el altar mayor, junto a la Virgen del Carmen. El santo tenía un león dormido a los pies y en una mano sostenía la palma del martirio, y en la otra, un queso. Nos habían dicho que ordeñaba a las fieras, hacía queso y se lo daba a los pobres...

Don José María estuvo poco tiempo aquí. Yo lo recuerdo caminando hacia la iglesia por la calle del Nuncio, desde la que se divisan los montes de roble y espino, 'las últimas estribaciones de la Cordillera carpetovetónica', como nos enseñaba doña Carmen, la maestra".

Un poco más allá de San Mamés, a kilómetro y medio, tras vadear un arroyuelo, al final de un camino bordeado de robles, en un repecho, estaba Navarredonda. Era casi una aldea, que permanecía semivacía largas temporadas del año. "Los hombres y los mozos -recuerda Benigno, un vecino del pueblo- marchaban a trabajar el carbón, a Montejo o a Rascafría, y sólo se quedaban las mujeres y los niños, jugando a la barra en la plaza... Por aquí no pasaba casi nadie. Sólo, muy de tarde en tarde, algún forastero o un vendedor ambulante; los pescaderos de Segovia o los que venían desde Gargantilla a vender telas"

"Aquel periodo —comenta Víctor Somoano— debió resultar particularmente duro para mi hermano, que estaba en la plenitud de la juventud y tenía una ilusión y celo apostólico tan grande... Intentó hacer algo para ganarse a aquellas gentes, prestándoles algún servicio y como se daba cierta maña para esas cosas, comenzó a arreglarles los relojes descompuestos. Aunque nos contaba que de lo único que padecían aquellos cacharros era de suciedad".

"De todos modos —apunta Benigno—, pocos relojes había en este pueblo por aquel tiempo. Nos guiábamos por un reloj solar que se llamaba la peña de la raya. Y eso, los días que hacía sol. De noche, por las estrellas. Recuerdo que cuando nos íbamos al carbón nos levantábamos de las cabañas para ver si había salido el lucero vespertino, y así nos las arreglábamos".