Don Avelino

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Abrió su equipaje y se acomodó como pudo. Un cuartucho oscuro, un camastro áspero, una jofaina y una luz tenue y macilenta suspendida de la techumbre. Y poco más. Estaba bastante avanzado el mes de noviembre y hacía frío. Se abrigó y salió a la plazoleta.

-¿El cementerio?

Le miraron con extrañeza. Volvió a preguntar:

-Sí, ¿el cementerio del pueblo...?

El pueblo -San Mamés- era, en realidad, poco más que una aldea de casas agrietadas de piedra y barro, que en el pasado censo de 1910, junto con Navarredonda, no llegaba ni a los trescientos vecinos. Era un pueblo pobre de una zona pobre de la sierra pobre madrileña. Un lugar huraño y solitario, perdido entre montes de espino, álamos negros y viejos robles de hojas estremecidas por el viento.

Somoano acababa de tomar posesión de la parroquia, como Ecónomo; de su parroquia, en la que podría desarrollar la labor sacerdotal por la que tanto había rezado. ¡Por fin sus sueños se harían realidad! Podría celebrar la Santa Misa, confesar, predicar, confortar a los moribundos, dar catequesis a los pequeños, hablar con los jóvenes, atender a los enfermos...

Antes de comenzar la tarea pastoral para la que se había estado preparando desde hacía tantos años —prácticamente desde toda su vida—, quiso encomendarse a su antiguo compañero del Seminario de Alcalá, Avelino Obesso, que había fallecido en aquel lugar, como cantaba su amigo Ramón García en uno de sus versos:

ausente de su tierra
ausente de su cielo,
lejos de los quereres de los suyos.

Avelino procedía de Bolmir, un pueblecito cerca de Reinosa. Poco después de ordenarse había venido a San Mamés, donde estuvo sacrificándose por el pueblo y abandonado de todos. Sufrió mucho allí. Y una mañana, poco después de la fiesta mayor del pueblo, en la que había predicado ardorosamente, lo encontraron muerto. Somoano sabía que le había costado mucho trasladarse hasta aquel lugar y deseaba, antes de nada, rezar un responso por su alma.

Llegó al cementerio. Buscó su nombre entre las grandes masas blancas de las tumbas. No aparecía. Preguntó dónde estaba enterrado. Aquel fue su primer encontronazo, amargo y cruel, con la ingratitud humana. Nada. Nadie lo sabía. Y lo que era peor: daba la impresión de que tampoco les importaba demasiado. Esta indiferencia le dolió profundamente. Era el despecho supremo: sus feligreses no habían puesto en el camposanto ni una inscripción, ni una cruz siquiera que sea testigo de su fe y de su sacrificio, no hay nada que recuerde al pueblo que aquí hubo un sacerdote santo que por ellos, por la salvación de sus almas, vino aquí y aquí murió. ¡Ese es el premio que da el mundo! Muchas veces he pensado en esto.

Todo aquello era absurdo desde un punto de vista meramente humano: su viejo amigo había abandonado las personas y las cosas que más quería -su padre, su tierra, y un ambiente de cierta prosperidad material-, para atender a las gentes de este pueblo que, como comprobaría amargamente Somoano en carne propia, ni respeta al sacerdote ni le quiere, que le calumnia y le hace pasar horas amargas, que no quiere rezar y sí blasfemar.

Escribió un artículo en la Correspondencia fraternal relatando este sucedido, en el que proponía, para remediar estos hechos, que se construyera en todos los cementerios un panteón sacerdotal donde los fieles pudieran honrar a sus sacerdotes difuntos y se les enterrara, a ser posible, cerca del sagrario. En cuanto a don Avelino... Yo pondré una sencilla cruz de madera —concluía con tristeza— pero es una vergüenza que esto esté así.