2 de octubre de 1928

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

No sabemos qué noticias de la capital le contaría don Armando a Pachín a comienzos de aquel lejano octubre de 1928. Pero lo más probable es que le dijera que, salvo el incendio del Teatro Novedades, en la Villa y Corte no había sucedido nada de interés. Aquel martes, dos de octubre, fue, aparentemente, un día más del otoño madrileño.

Nada de interés... Por donde se comprueba de nuevo que no siempre los sucesos importantes se publican en los periódicos del día...

* * *

Todo sucedió de una forma sencilla. Aquel era el tercer día de retiro para los sacerdotes que habían comenzado sus Ejercicios Espirituales el pasado día 30 de septiembre en la Casa Central de la Congregación de la Misión, más conocida como los Paúles, en la calle García de Paredes de Madrid.

Eran sólo seis: Cipriano Alcalde Valentín, Manuel Herranz Establés, Isidro de Miguel López, Peregrín Gasch Setién, Joaquín B. Raigosa Márquez y un joven sacerdote de veintiséis años, que había llegado el año anterior a la capital: Josemaría Escrivá.

El edificio de los Paúles estaba anejo a la Basílica de la Milagrosa y los seis sacerdotes se acomodaron al horario habitual del lugar. A las cinco de la mañana les avisaban para levantarse; a las cinco y media, hacían oración durante una hora; entre las siete y las ocho y media celebraban la Santa Misa. A partir de las nueve, tras el desayuno, se sucedían los actos piadosos: lectura del Nuevo Testamento, meditación personal durante una hora, examen particular en la capilla del Santo Cristo de la Agonía... Por la tarde, examen, rezo del Rosario, meditación... A las nueve de la noche, cenaban y al concluir, hacían un largo examen de conciencia. Luego, se apagaban las luces.

Eran unos Ejercicios Espirituales piadosos, recogidos, intensos. Aquel martes, durante la mañana del tercer día del retiro, aquel sacerdote joven releía, en la soledad de su cuarto, algunas notas sueltas en las que había recogido las mociones divinas que había experimentado en su alma desde varios años atrás.

Entonces Dios le hizo ver -así, ver- los proyectos que tenía para él: Recibí la iluminación sobre toda la Obra -escribiría más tarde-, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Angeles.

Fue un momento decisivo, único, inolvidable, trascendental para la vida de aquel sacerdote y también para la existencia de miles de almas; uno de esos momentos especialísimos en los que se acelera el pulso de la historia, y en los que la misericordia divina se desborda y se derrama, en inundación salvadora, sobre los hombres.

Por su misma naturaleza, fue un momento misterioso, e indescriptible. Pero, ¿cómo contarlo? ¿Cómo describir aquella luz con la que Dios le había hecho ver, a los veintiséis años, que debía abrir un nuevo camino de santificación para los fieles cristianos en medio del mundo?

A partir de aquel momento don Josemaría se encontraría siempre en la frontera de lo inefable. Dios, que venía a unir, una vez más, la tierra y el cielo, quería servirse de él -que en su humildad se sentía tan poca cosa, un borrico sarnoso- para transmitir a los hombres aquel mensaje. Aquella misión daría, a partir de entonces, sentido a su vida. Dar a conocer aquella voluntad de Dios, constituiría la razón -la única razón- de su existencia. Pero ¿cómo hacerlo? Contaba sólo con el débil instrumento de la palabra.

Comprendió entonces qué incapaces resultan, para describir las mociones de Dios, las lenguas, los alfabetos y los vocabularios de los hombres: qué pobre la palabra luz y el verbo ver, para reflejar los quereres divinos.

Desde aquel día -escribiría tres años más tarde- el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra: desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir... ¡siempre sin una vacilación!.

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Aquel joven sacerdote seguiría oyendo, a lo largo de su vida, en lo más hondo de su alma, aquel repiqueteo gozoso de campanas. Nunca olvidaría aquel momento en el que nació el Opus Dei, como una iniciativa divina -él no deseaba fundar nada- en medio del trasiego de lo cotidiano, con la naturalidad y la sencillez con la que se siembra la semilla en el campo. Sin alboroto. Sin grandes titulares de prensa. Al estilo de Dios.

Por eso, el miércoles 3 de Octubre, al llegar el tren de Oviedo, Pachín le preguntaría como siempre a don Armando:

-¿Qué tal, don Armando? ¿Trae alguna noticia de la capital?

Y el bueno de don Armando contestaría muy posiblemente, como de costumbre:

-Pues lo de siempre, chico: nada de particular.