Sin recomendación

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Se planteó entonces -sigue contando Cristina- la cuestión de su próximo destino sacerdotal. Mi madre era íntima amiga desde la infancia de doña María Esther Sánchez Pertierra, que estaba casada con don Juan Vigón Suerodíaz, uno de los militares más prestigiosos de la monarquía. Tenía estrecha relación con la Casa Real —creo que su marido llegó a ser preceptor de alguno de los infantes— y le había ofrecido la posibilidad de recomendar a José María para que regentara una de las parroquias que daba la Corona. Pero, ay, cuando mi madre se lo comentó a José María, no quiso ni oír hablar del asunto:

—Iré a la sierra —dijo con voz enérgica—, iré de Ecónomo, de Coadjutor o de lo que me manden, pero jamás me colocaré por recomendación.

Mi hermano sabía perfectamente lo que significaba aquella decisión; y más en la situación económica que estaban afrontando mis padres. Si lo enviaban a la sierra o a cualquier otro lugar alejado, no podría ayudar a los hermanos como lo haría si se quedaba en Madrid; pero en esta ocasión —escribe mi hermana Enriqueta en sus recuerdos— como en todas, por encima de los intereses de la sangre estaba lo que él consideraba su deber de sacerdote.

Y no hubo más que hablar".

* * *

Fiel a su decisión de ir donde le mandasen, en noviembre de 1928, Somoano escribió una carta desde Arriondas a don Juan Francisco Morán, Vicario General de la Diócesis de Madrid, comunicándole que dentro de poco estaría de nuevo en la capital. Tenía, seguramente, una gran sensación de tiempo perdido. Por perder, durante esos meses africanos había perdido hasta su breviario...

Pero la vida depara abundantes sorpresas. Poco antes había recibido una carta de don Bernardino, el Capellán del Hospital Militar de Larache, fechada el pasado 24 de octubre: aprovecho esta para decirte que el Jefe del Estado Mayor me manda aquí un tomo de Breviario encontrado en la carretera de Izenin, el cual resulta ser tuyo según el nombre que tiene en su hoja primera....

¡Un libro rescatado del borde de una carretera, casi en el desierto! ¡Era como encontrar una aguja en un pajar! Lo tomó, asombrado, entre las manos: ¡aquel breviario suyo había vivido también su aventura africana!

¡Salve, odiseaico libro! escribió, divertido, en la primera página.