Los maulas

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Mientras tanto, en Alcazarquivir su vida se desarrollaba sin mayores novedades —dándole al término también el sentido propio del argot militar— salvo cuando se le presentaba algún soldado, y le decía, balbuceando:

—A sus órdenes... esto... venía a traerle recuerdos de don Crescencio, el cura de mi pueblo, al que seguro que conocerá Vd...

—¿Don Crescencio? Pues no conozco yo a ningún don Crescencio... ¿Y de qué pueblo dices que eres?

—Bueno... eso no importa: ¡si yo a lo que venía era a ver si usted me podía conseguir un permiso para...!

"Acudían a él —explica Enriqueta— para que les consiguiera un permiso para venir a España; y cuando esto no podía ser, para que los hospitalizaran. Ya se ve que sin estar enfermos eran `maulas'. Tenían ganas de un descanso".

"A él le hacía mucha gracia esta estratagema y hacía por todos lo que podía, ya que decía que todos en el fondo eran buenísimos".

* * *

Pocos meses después, -¡por fin!- en octubre de 1928, regresó a la península. "¡Qué alegría tuvo mi madre —recuerda Cristina— cuando le vio de nuevo, sano y salvo! Nos trajo como regalo un gramófono de cuerda, que era entonces una novedad, porque las gramolas solían tener un altavoz enorme, y este era muy pequeñito y tenía el altavoz incorporado en una cajita negra, como si fuera un maletín.

Estoy segura que José María lo compró pensando en Maximín, que disfrutaba muchísimo con la música. Pensando en Maximín y en nosotros, porque... ¡qué delicia era escuchar, a pesar de aquel run-run constante del aparato, en aquellos discos grandotes y pesados, a Caruso, a Miguel Fleta, o a Vicente Miranda que cantaba En la gaita llevo Asturias!