Decíamos ayer

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Decíamos ayer... Con esta expresión clásica de su admirado Fray Luis de León, el 21 de mayo le escribía su padre una nueva carta, en la que seguía rememorándole, con todo detalle, la mañana del día de su primera Misa, que había tenido lugar exactamente once meses antes, el 21 de junio de 1927.

Estaban todos pletóricos de alegría y la casa, llena de familiares y amigos, parecía una colmena. Poco después se formó la comitiva familiar hacia la iglesia, encabezada por los padrinos de honor: su hermano Vicente, encorbatado y hecho un brazo de mar, y su hermana Luz, radiante, con su vestido rosa y la mantilla española; detrás iban sus padres, y el resto de los hermanos y familiares: la mamá —escribía don Vicente— risueña y jovial, el padre por razón de su temperamento, algo más grave; pero ambos felices, satisfechos, latiendo al unísono sus corazones de santo, noble, legítimo orgullo.

A las ocho de la mañana, adecuándose a la disciplina del ayuno eucarístico vigente en la época, habían acudido a la iglesia para recibir la Comunión de manos de José María. Su amigo Rafael Pazos se adelantó y fue el primero en comulgar. Sus padres tenían la ilusión de ser los primeros en recibir al Señor de manos de su hijo, pero lo disculparon, por la grandísima amistad que les unía. Luego hicieron la primera Comunión sus hermanos pequeños Victor y Cristina.

A las diez y media de la mañana, entramos en el templo —recordaba su padre— estando ya tú y los demás oficiantes al pie del altar. Tomamos asientos padres y padrinos al lado del Evangelio y dio principio la augusta ceremonia.

Sonó el órgano. Y entonces su padre, el que se autodefinía grave y adusto por razón de temperamento, se emocionó como el que más: mi mente —reconocía— se encontraba en un estado que no puedo definir.

Fue una ceremonia sencilla y emotiva: acudieron muchos amigos y parientes de Arriondas, de Caravia, de Gobiendes, de Cangas de Onís, de Oviedo...

El orador sagrado fue su primo Luis Sánchez Somoano, el primer sacerdote de la familia: "¡Sube, nuevo sacerdote -exclamó durante la homilía- las gradas del altar, porque estás ansioso de estrechar entre tus manos a ese Dios, al que te consagraste con todos los ardores de tu corazón juvenil!". Concluyó con una alabanza a don Vicente y a doña María que, por haber sabido educar cristianamente a sus hijos, tenían ahora la alegría de ver cómo Dios les premiaba con una vocación sacerdotal. Luego, para recordar el valor incomparable que supone vivir en gracia de Dios, concluyó con el clásico aforismo: antes morir que pecar; y, señalando a Cristina, exclamó:

José María: pide también por esta hermanita tuya, que tiene cara de ángel. Y recalcó con fuerza el predicador el antes morir que pecar, pidiendo a Dios que concediera a aquella niña la gracia de morir sin haber cometido un solo pecado mortal.

Durante aquella Primera Misa, su hermano Rafael tomó una decisión trascendental: hacerse sacerdote. Y también resolvió entregarse a Dios durante aquella ceremonia una joven distinguida y guapa del pueblo, Mercedes Pando de la Fuente, como monja carmelita....

Continuó la Misa — seguía recordándole su padre en una carta posterior— y llegó el momento emocionante en que por vez primera elevaron tus manos, bajo las formas eucarísticas, el Cuerpo y la Sangre del Cordero inmaculado que dio su vida por la redención de los hombres. ¡Cómo olvidar en aquellos momentos en que mi alma sintió como nunca la fe y en que de mis ojos brotaron lágrimas de felicidad, que también la dicha hace llorar!.

Acudió todo el pueblo al besamanos sin faltar los niños de las escuelas con los maestros... Cuando acabó la ceremonia, José María se quedó junto al sagrario durante algún tiempo, agradeciendo tantas y tantas gracias de Dios; y al salir...¡qué de abrazos y enhorabuenas! Después fueron a celebrarlo cerca de allí, al hotel Pendás, donde tomaron ¿cómo no? rico salmón del Sella....

Cuando se despidieron de los invitados, José María subió con don Eladio, su padrino de Misa, a Covadonga, para dar gracias a la Virgen. Nunca podría olvidar aquellos primeros momentos, como sacerdote, ante la Santina... Al día siguiente, celebró la Misa en aquel santuario entrañable al que tantas veces había acudido de pequeño, de la mano de su madre. Tenía razón su padre cuando le escribía en su carta: ¡Cuántas y qué santas cosas emocionarían tu alma y conmoverían tu corazón!.

Comenzó entonces —le recordaba don Vicente en otra carta, fechada el 10 de junio de 1928— una vida de tranquilidad, de sosiego que sea cualquiera la suerte que la Providencia te reserve difícilmente volverás a gozar. Celebraba la Santa Misa en la iglesia vecina, atendía a los feligreses, compartía ratos de familia con sus padres, charlaba con sus hermanos, sacaba a pasear al pequeño Maximín... Recuerdo también con placer —le apuntaba su padre en otra carta— que entonces comenzaste a administrar el sacramento de la Penitencia, pues a mí parecíame que hasta entonces eras un cura a medias y no me hacía buen efecto que cualquier penitente te solicitara como confesor y no estuvieras aún en posesión de las licencias.

Tenía razón su padre: aquellos meses habían sido inolvidables. Y en pocas semanas, aquel oasis de felicidad se había convertido para él, literalmente, en un desierto. Y la expresión no podía ser más real.

Aceptaba aquella nueva situación, aunque hacía gestiones para regresar lo antes posible a la Península. Aquí, cualquier incidencia —por ejemplo, había perdido su breviario durante un viaje— se volvía irresoluble. Carísimos padres -escribió a mediados de febrero-: me encuentro muy bien aquí. Me encuentro bien, bastante bien, si me encontrara mal no les diría cosa parecida, pero eso no quiere decir que esté con mucho gusto, estoy contento, porque es de necesidad que esté aquí, y en las cosas necesarias, hay que conformarse, y si no se está bien hacer lo posible para estarlo, que si no fuera de necesidad no pasaba aquí media hora más.

Estoy orientándome por todos los medios que puedo, para ver de regresar pronto, y no quiero iniciar nada hasta tener seguridad de conseguirlo porque ¿Para qué va uno a tener fracasos y esperanzas desvanecidas? Mañana escribo al Vicario General para ver qué rumbo puedo tomar, en una iniciativa que tengo entre manos. Dejen al tiempo correr, que por mi voluntad no estoy en Alcázar.