Un mundo distinto

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Todo aquello había sucedido pocos meses antes, y sin embargo, para Somoano ¡qué lejano parecía ahora! Era como si viviese en un mundo distinto. En contraste con las nieblas perennes de su tierra, aquí, en Alcazarquivir, una claridad cegadora lo envolvía todo; en vez de sotana, vestía uniforme militar; en vez de la brisa fresca y los valles húmedos y verdes de Arriondas, sufría el calor ardiente de esta inmensa llanura de tierras resecas y negras. Era como un sueño. Como una pesadilla, más bien. La historia parecía haberse detenido en esta ciudad perdida del Norte de Africa, un laberinto de casas, mezquitas y callejones blancos, donde se vivía bajo el azote constante de la sed que aliviaban escasamente los aguadores, que transportaban el agua en pieles de cabrito sobre escuálidos burrillos....

Muchas veces, en Arriondas, cuando era pequeño, se había despertado por la noche al oír en la lejanía las voces de los peregrinos que caminaban a pie, cantando himnos marianos, hacia Covadonga... Aquí sólo rasgaban el silencio de la noche los gritos agudos de los almuédanos que convocaban a la oración desde los alminares de la mezquita de Sidi Yakub, o de la mezquita grande de Yama Kebira...

Sí, era otro mundo: un mundo extraño donde convivían marroquíes de indumentarias extrañas, hebreos de crecidas crenchas y soldados del ejército regular español -los paisas- que llevaban a cabo, apasionadamente, su aventura africana.

¡Qué sorprendentes son los caminos de Dios! Nunca había podido imaginar que pasaría sus primeros meses de sacerdocio en esta ciudad azotada por el sol, pobre y atrasada, con un zoco en el que todavía se daban lecciones de tiro con espingardas de caña, entre el humo de las fritangas y los puestos de naranjas y granadas del Jolot, y en la que los indígenas, profundamente supersticiosos, venían al hospital sólo cuando los fakihs, los santones locales, fracasaban con sus sortilegios...

En la siguiente carta que recibió de la península, su padre seguía transportándole a otro mundo: le evocaba los preparativos de su ordenación; las idas y venidas que hicieron a Oviedo para encargar la nueva casulla; la alegría de don Eladio, el padrino de Misa, que le había regalado un cáliz....

Su madre se emocionó al ver aquel vaso sagrado. Y le preguntó:

—¿Puedo tocarlo?

—Está consagrado, madre —le dijo, con una sonrisa.

—Entonces —susurró ella— voy a besarlo....

¡Qué diferencia entre aquella piedad, aquella veneración sencilla y profunda de su madre, y la rudeza de los militares del hospital! Cuando celebraba la Santa Misa, algunos oficiales protestaban diciendo que era demasiado larga. ¿No podía acortarla? Aquello le sorprendió: ¡acortar la renovación incruenta del Sacrificio del Señor en la Cruz, cuando algunos de ellos pasaban las horas muertas en la cantina sin hacer nada! ¡Prisa en la Santa Misa! ¡Prisa en ese momento supremo en el que el sacerdote se identifica con Jesucristo, Sacerdote principal y Víctima! ¡Prisa en la conmemoración de aquello que había descrito como un "Drama de Amor que asombró a los ángeles y pasmó a los hombres, enamorando a tantos amadores del Varón de dolores que pasó esta vida haciendo el bien! No, no era falta de tiempo, sino de falta de amor.

-Pero Pater... -insistían- ¿Es que no puede ir más rápido?

Decidió darles una pequeña lección práctica, una catequesis viva —no exenta de buen humor— que les sirviera para valorar la importancia del Santo Sacrificio. Se acogió, para que le entendieran, a un valor muy arraigado entre los militares: el cumplimiento del deber. Y al día siguiente entró en la enfermería cuando estaban operando pacientemente a un enfermo:

—Perdonen, pero creo que van con cierta lentitud... ¿No podían acortar esta operación?

—¿Acortarla? ¿Cómo dice usted?

—Eso, acortarla, para que sea más breve...

—Pater: ¡nuestro deber es dedicarle a esto todo el tiempo que sea preciso!

—Ya comprendo... ¿Y ustedes quieren que yo, que tengo el deber de celebrar bien la Santa Misa, no cumpla con el mío?.