Dos días de junio

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El día anterior, 11 de junio, había tenido lugar en Madrid su ordenación sacerdotal en la capilla del seminario. Fue una ceremonia solemne, que comenzó a las ocho y media y duró gran parte de la mañana. Hubo un momento de especial emoción cuando el archidiácono proclamó con voz vigorosa:

-Accédant qui ordinandi sunt ad órdinem presbiteratus.

Los ordenandos fueron subiendo pausadamente al presbiterio, sosteniendo un cirio en la mano derecha.

-Emiliano Arribarro...

-Adsum!

-Pío Palomar...

-Adsum!

-Abrahán Quintanilla...

-Adsum!

-José María Somoano...

-Adsum!

Su familia hubiese deseado acompañarle en aquellos momentos. Pero eran muchos, y la capital estaba demasiado lejos... De todos modos —proseguía evocando su padre en su carta—, al día siguiente ya estaba con ellos y dentro de pocos días, el 21, celebraría la Primera Misa en la iglesia del pueblo y se cumpliría la gran ilusión con la que soñaban desde hacía tanto tiempo. Su hermana María Luz llevaba años bordándole una casulla en oro, con todo el primor y el cariño del que era capaz, con el deseo de que la estrenara en esa ocasión.

Sin embargo Dios quiso asociarle, también en ese pequeño detalle, al misterio de la Cruz. Fue su hermana Enriqueta a recoger a su hermana Luz, que trabajaba como maestra en Caleao, una aldea de Asturias muy mal comunicada, y se vinieron las dos juntas a Arriondas, tras un viaje complicado, en el que tuvieron que hacer varios trasbordos en diversos trenes. Al llegar a la estación les preguntó su madre:

—¿Dónde está la casulla?

—Ahí —dijo Luz— con el resto de los paquetes.

No estaba... Se pusieron a buscarla, muy preocupadas. La casulla no aparecía por ninguna parte. Hicieron gestiones, preguntaron a unos y otros, pusieron anuncios en la prensa... y nada.

Al principio no quisieron comentarle nada a José María, hasta que al cabo de dos días su padre le dijo, entristecido:

—Mira, hijo: tengo que darte una mala noticia. Tu casulla se extravió.

—Sí, ya lo sé —contestó Jose María— me lo dijeron en Oviedo. Lo siento por el disgusto que tendrán mis hermanas. Pero es tan grande la alegría que tengo, que no me importa. ¡Ya aparecerá la casulla!.

Pero no apareció. Entonces, al enterarse de lo que había pasado, doña Aquilina y doña Cecilia Valle, las madrinas, le regalaron otra, de fondo blanco de raso y bordada en oro.