Cartas desde Arriondas

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

La procesión iba por dentro. A más de mil kilómetros de allí, en Arriondas, don Vicente, aunque por su carácter lo exteriorizase menos que su esposa, sufría interiormente por José María. Aunque ya había terminado la guerra, se imaginaba la dureza de la nueva situación en la que se encontraba su hijo: un sacerdote de veinticinco años, recién ordenado, en plena juventud, sin experiencia, en un lugar perdido de Africa, que había pasado directamente del Seminario a la tosquedad de la vida militar...

Se propuso irle rememorando, carta tras carta, los días gozosos y cercanos de su ordenación sacerdotal. Pensaba que de ese modo, José María recibiría, junto con cada carta, al hilo del recuerdo, un aliento y un estímulo. En la primera se remontaba meses atrás, cuando iba tachando en un almanaque, fecha tras fecha, los días que quedaban para su ordenación:

Un año hace que próximo ya a finalizar el curso, contábamos las semanas, los días y casi las horas que faltaban para tu regreso, y de pronto, como algo inesperado y maquiavélico, que se gozara en asesinar nuestras ilusiones, una carta tuya alarmante sobre rumores insistentes relacionados con la suspensión de órdenes, a los que como tú tuvieran sin cumplir los deberes militares. ¡Vaya mazazo, chico, vaya angustia y vaya desazón que nos pasamos!.

Todo aquello, gracias a Dios, se solucionó enseguida: habías aprobado el Sínodo, no había nada de lo dicho, y en la fecha soñada serías sacerdote. ¡Dios sea loado! Pasada la tormenta y en plena bonanza, cartas que se cruzan proponiendo soluciones para el gran día, aceptando unas, modificando otras y ampliando algunas hasta llegar a un programa concreto, falto sólo de detalles de última hora, y en dimes y diretes epistolares llegó el 12 de junio.