La gran fortaleza

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Miró a su alrededor, aquel día de noviembre de 1927, y tuvo que entornar fuertemente los ojos por el resplandor vivísimo de aquella luz. Una luz que hería dolorosamente sus pupilas, acostumbradas a las brumas azules de Asturias; una luz extraña, poderosa, brillante y cegadora que difuminaba los perfiles y equivocaba las distancias.

Su madre se había quedado en Arriondas, rota de dolor. Había intentado consolarla, en vano, antes de marchar. La comprendía. ¡Habían muerto tantos y tantos en aquellos lugares! ¡Cuántos abrazos, cuántas lágrimas al despedirse!

Su padre le había acompañado hasta la Estación de Soto. Desde allí había tomado un tren de vía estrecha; luego, otro de vía ancha; y al cabo de once horas de viaje, había llegado a Madrid. Y de nuevo, aquel mismo día, tomó otro tren hasta Sevilla; y otro, hasta Cádiz. Y, tras cruzar el Estrecho, le habían traído hasta este lugar del norte de Africa cuyo nombre en árabe significaba la gran fortaleza: Alcazarquivir. Era una pequeña ciudad fundada en el siglo XI, donde tuvo lugar la famosa batalla de los tres Reyes en 1578, en la que los naturales del lugar repelieron valerosamente a los portugueses que habían desembarcado en Arcila.

No exageraba doña María, en sus temores. Un destino en Marruecos significaba, hasta poco tiempo antes, para miles de madres españolas, la pérdida irremediable de sus hijos. Tardarían en borrarse de sus retinas las fotografías de los miles de cadáveres abandonados, mutilados por los árabes y descompuestos bajo el sol, que habían quedado en aquel cementerio sin tumbas del monte Arruit.

"Habían muerto miles de hombres durante la pasada guerra —corrobora el General José María Ortega Costa, que era, en aquel año de 1927, teniente del Escuadrón de la Legión—. Pero cuando Somoano llegó como capellán auxiliar del Hospital Militar de Alcazarquivir, el General Sanjurjo era el Alto Comisario y la zona ya se había pacificado, tras la toma de Alhucemas en 1925".

La zona -era cierto- se había pacificado ya; no se daba el movimiento de tropas que había obligado en los años anteriores a construir aquel rudimentario hospital de sangre para que los que caían heridos no llegasen desangrados a Larache. Pero poco más se había construido allí. El campamento no contaba más que con unos cuantos barracones elementales, alineados a la sombra de un pequeño arbolado, con las instalaciones más indispensables. Pocos metros más allá, en una casucha de tablas, estaba el bazar militar, donde vendían cartas y artículos de primera necesidad. A su lado, en un pobre barracón desvencijado, se alzaba el Café billar restaurant, donde los soldados relataban por enésima vez las pasadas aventuras a sus compañeros de fatigas.

"Debió de ser un cambio muy duro para Somoano, como lo fue para mí -prosigue Ortega-. Aquel país sufría más de mil años de retraso comparado con el nuestro. En aquellas circunstancias los sacerdotes eran muy bien acogidos, aunque solían sorprenderse mucho de nuestras costumbres militares, del modo de ser de los marroquíes y, sobre todo, de las características del lugar. El clima era de todo o nada. Decía un refrán indígena: Fi saif mehorok; fi chetá, mogrok: en el invierno ahogado, en el verano, asado. Cuando se levantaba el viento del Este, el temido Levante, la temperatura se elevaba a más de cuarenta grados y el ambiente se volvía irrespirable...

Además, había dos periodos de lluvias que provocaban unas inundaciones sobrecogedoras. Recuerdo que una mañana dejé a varios soldados de vigilancia tras un pequeño cauce de agua, y por la tarde, cuando volví a recogerlos, el cauce se había convertido en un torrente. Mi caballo se negó a seguir adelante, pero mi ordenanza azuzó al suyo y se metió en la corriente, que se los llevó a los dos. Se salvó gracias a que un poco más allá encontró el pilar de un puente destrozado por el aluvión, y pudo encaramarse sobre él. Logramos rescatarlo con la ayuda de varias riendas, pero del caballo nunca más se supo. Los soldados de vigilancia se quedaron en la otra parte y nosotros tuvimos que volvernos al campamento.

Decía que Somoano debió sorprenderse de las costumbres militares, y con razón. Las tropas habían estado en actividad guerrera desde hacía muchos años con un tipo de vida duro y aventurero. Estábamos llevando a cabo nuestra aventura africana. En 1927, cuando llegó Somoano, se estaba terminando de ocupar, tras la victoria, la totalidad de los territorios del protectorado. Por fin, cuando las tropas de las dos zonas españolas se reunieron aquel mismo año en Xauen, la ciudad santa, concluyeron las tareas de ocupación.

A lo largo del año siguiente se terminó de desarmar al país. Y el punto final se puso durante la primavera de 1928, con la visita de Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

Sin duda, lo que más debió de llamar la atención a un recién llegado como Somoano, fueron los naturales del lugar. Era otro mundo, otras costumbres. Nos encontrábamos con frecuencia en los caminos con moros que iban sentados apaciblemente sobre un burro, mientras que sus mujeres venían detrás, a pie, cargadas con varios niños...

Vestían con su indumentaria ancestral: los de las kabilas del llano llevaban una chilaba larga y un turbante —la rexa— de colores claros, y babuchas amarillas de Fez. Los que vivían en las montañas —los yeblís— iban siempre armados...

Vivían en jaimas, muy pobremente, con techumbres hechas de esparto y pelo de camello. Había mucho paludismo, porque era una zona de encharcamientos y lagunas, muy propicia para contraer esa enfermedad. La sufrían batallones enteros y tenían que llevárselos y reemplazarlos constantemente. Otra enfermedad frecuente era el tifus, que fue la que yo padecí y por la que me internaron en el Hospital. Era especialmente en esos momentos cuando los sacerdotes, como Somoano, llevaban a cabo su labor caritativa y sacerdotal".