Un paso adelante

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Pocos meses después recibieron en Arriondas una carta de José María fechada el 21 de marzo, encabezada por una jaculatoria exultante: ¡¡¡Laudemus et exaltemus Deum in saecula!!!, en la que les describía con todo detalle la ceremonia del Subdiaconado.

El día once entramos en ejercicios, me parece que diecinueve seminaristas y un subdiácono, y solos y aislados de la comunidad estuvimos hasta las órdenes, bien que el día de San José ya pudimos hablar. Llegó el 20 de marzo tan esperado, y a las siete y cuarenta y cinco ya estábamos esperando al Sr. Obispo, con los ornamentos propios cada uno del orden que iba a recibir. Entre religiosos y seminaristas éramos setenta y cinco. A las ocho en punto llegó el Prelado, empezando poco después la misa de órdenes empezando como es natural, por la tonsura y ordenes menores.

Después de esto nos llamaron a los subdiáconos en ciernes, nos acercamos hasta el altar vestidos con alba y cíngulo, el amito caído sobre los hombros para que pudiera colocarlo con facilidad sobre la cabeza y en la mano izquierda la dalmática y el manípulo. Allí nos dirigió una exhortación diciéndonos qué pensáramos bien lo que íbamos a hacer; que hasta entonces éramos libres para elegir estado y después no; que miráramos atentamente las cargas gravísimas que echábamos sobre nuestros hombros; pero si queríamos perseverar en nuestra decisión y servir a Dios en el estado clerical, que servir a Dios es reinar, que diéramos algunos pasos adelante.

Fue un momento emocionante, porque en aquel paso decidíamos nuestra vida para lo futuro. Todos lo dimos con decisión y valentía y ninguno titubeó. A continuación todos los ordenandos in sacris nos postramos en tierra mientras el Sr. Obispo y demás clero imploraban el auxilio al Cielo, rezando las letanías de los santos.

A continuación nos ordenó, y consistió la ceremonia en la entrega de un cáliz y patena vacíos, y el libro de las epístolas, y nos vistió el amito, el manípulo y la dalmática. A causa del número tan grande de ordenandos terminó la ceremonia cerca de las once. Asistieron las Sras. Valle y Dª Aquilina, después de verme ordenado se emocionó tanto, que le saltaron las lágrimas.

Estos conocidos de Madrid le agasajaron lo mejor que pudieron: y no faltaron, tras la comida, los brindis y los cantos asturianos, que don Benito —pariente y amigo suyo— acompañó a la pianola, entre evocaciones nostálgicas de la tierrina.

Fue un día feliz en lo que cabe —concluía José María—; sólo eché de menos a Vdes. ya que hubieran gozado y yo con Vds. celebrando este gran acontecimiento de mi vida.