Maximín

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Mi madre —prosigue Cristina— disfrutaba muchísimo durante aquellos meses que pasaba con nosotros. Rezaba mucho por él, y por todos. Recuerdo que teníamos en casa una imagen del Cristo Crucificado, a la que guardaba especial devoción, y una noche entré en su cuarto, mientras rezaba, sin que se diera cuenta... Estaba de rodillas junto a la cama, con los brazos en cruz:

—Dios mío: José María... María Luz... Vicente... Enriqueta... Carmina... Leopoldo...

Me agazapé en un rincón para que no me viera. Ella seguía:

—... Julio... Rafael... Víctor... Cristina... ¡Maximín!

Maximín era el pequeño, que había quedado minusválido, mental y físicamente, a causa de la poliomielitis que había padecido a las pocas semanas de nacer. Fue un golpe muy duro para mis padres, que sufrieron lo indecible. Acudieron a muchos médicos para resolver el problema, pero no les dieron esperanzas. Y en cuanto vieron que no había nada que hacer, aceptaron la Voluntad de Dios con toda el alma.

Les preocupaba mucho su futuro, aunque estaban seguros de que nosotras lo cuidaríamos siempre con todo cariño; y así sucedió; sin embargo, mi madre le pedía a Dios que se lo llevase al Cielo un día antes de que se muriese ella, para poder cuidarlo hasta el último día...

Es curioso: aquello no mermó, sino que acrecentó su confianza en Dios: Dios tiene que oírme —nos decía, cada vez que tenía una preocupación—; ya verás cómo me oye... Y nunca, nunca, se sintió víctima, ni se quejó: ¡Cuántas gracias tengo que dar a Dios por todo lo que me dio! —repetía con frecuencia—. ¡Cuántas, cuántas gracias! ¡Qué bien nos quiere Dios! Y le gustaba recitarnos aquellos versos, para que no lo olvidáramos:

Estar bien con Dios:
quien anda con Dios
Dios anda con él...

Yo tenía muy pocos años, pero me queda un recuerdo gratísimo de los veranos que pasaba José María con nosotros, en los que mi madre soñaba con el día en el que podría verlo, ¡por fin!, ordenado sacerdote".